MicroCrítica

MicroCritic

Sospecho que la microcrítica me va a suponer un sano ejercicio de oxigenación y una toma de nuevo rumbo importante. Mientras que en FrikiTuPutaMadre prevalece el texto henchido de teorización que no teme a la longitud, en MicroCritic me propongo volcar el máximo de fundamento con la mayor brevedad posible en los artículos, como así lo exige la condición de este más que ameno blog parido por el amigo Mario Vírico, repleto de menudas pero magníficas reseñas sobre cultura mayormente impopular.

Oportunidad que se me ofrenda para solventar el hecho de mis casi inexistentes roces prosísticos con otras filias personales fuera del cine y las series de televisión, como son el cómic, la literatura, la pintura o la música. Hoy, he debutado con la reseña del potente y personal remake de la memorable Interview. No dejéis de visitar MicroCritic. Ahora es mejor que nunca.

A las zorras del mundo

En su amplitud, gloriosa, atípica y gratificante, (500) Days of Summer afina una imparcialidad emocional que divisa sutil e implacablemente la portentosa, aguda y personal disquisición masculina de su punto de vista y su condición de epopeya intencionalmente abigarrada sobre el cada vez menos socorrido concepto del romanticismo en su expresión más limpia, pura, antigua, humana y real, recordando, como escasamente lo ha hecho el cine romántico de los últimos años, a los tormentos amatorios del clásico romanticismo inglés del siglo XVIII canalizados en la poesía y la literatura.

No puede decirse que la película sea el retrato de un amor no correspondido. La simpleza de un argumento así, sin más, carece por completo de interés. Al menos, a mí, me parece un timo y una mongolada. La disidencia de personalidades y los varios factores en juego que acaban poniendo en su lugar a las relaciones de pareja sensatas, no son el tema a tratar aquí, principalmente, porque (500) Days of Summer trata de las clarividencias de una relación de pareja insensata, víctima del execrable, cínico y nublado carácter de la mujer postadolescente moderna, que confunde libertad e independencia con deshumanización, egoísmo y frialdad robótica.

Lo que los guionistas Scott Neustadter y Michael Weber y el director Marc Webb (los tres debutantes en el largo) nos revelan aquí es un subjetivo pero sincero y universal canto a la pesadumbre del mártir romántico por antonomasia, del hombre roto, traicionado, manoseado y manipulado al libre antojo de la (insistamos) mujer aprovechada pero sentimentalmente desmañada, caótica, egoísta, más ingenua que fría y todo lo confusa que un hombre es capaz de interpretar de primera mano, cual dibujo de la femme fatale que logra sus maquiavélicos designios con sus encantos, atacando la fragilidad sentimental del hombre enamoradizo y reventando de golpe y porrazo cualquier aproximación a lo racional. Sentencia que respalda la brillante y decisiva introducción por escrito de la película, declaración de intenciones y principios sin trampas ni ironías:

NOTA DE LOS AUTORES: Lo que vais a ver es una ficción.

Cualquier parecido con personas vivas o muertas es pura coincidencia.

Especialmente para ti Jenny Beckman.

Zorra.

Esto, sumado al ente narrador que desmiente historia de amor alguna en el entramado, sienta las bases sobre la tónica que va a reposar hasta el último segundo en la película. El personaje de Joseph Gordon-Levitt (sublime, fuera de serie), prota absoluto, está enfocado expresamente para hacer ver al mundo que las Summers (o Jenny Beckmans, o el nombre de alguna de tus no-novias, en la película, con el bello rostro de una excelente Zooey Deschanel) del mundo no se deben a las divergencias de rigor entre parejas recientes o a la mala obra o imaginación convaleciente del no-novio que se sabe puteado y maltratado. Las Summers son una realidad, aunque una insondable, y no reflejan el astro de la mujer para encasillar a ésta, qué va. Tal cosa daría lugar a la misoginia. Y (500) Days of Summer no es misógina, para nada. Es mucho más que eso.  Es realista, sabia, equilibrada, valiente e inteligente. La misoginia es testaruda, maniquea, doliente y hasta reprensible; la mordacidad, culta, fiera, subversiva y despreciativamente veraz y honesta, y (500) Days of Summer pertenece a las características de este último apelativo en cuerpo y alma, no teniendo nada que ver con las del primero.

Una interpretación ligera, desganada, esquiva y nunca involucrada, puede ver (500) Days of Summer como otra al alimón del cine independiente yanqui liderado por Hollywood, asegurando que sus referencias continuadas pero medidas y coherentes a la cultura pop pretenden servir de reclamo publicitario para hacerse con determinado tipo de público. Qué falsedad y qué frivolidad. No sé si las no-novias (que no follamigas, cosa que no descifraré jamás al no encontrarle ni puto sentido y porque, sobre todo, lo considero tonta jerga de liberal pusilánime) son un caso demasiado habitual, pero la identificación con Tom Hansen (el personaje de Gordon-Levitt) es profunda, total y absoluta en lo que a mí experiencia personal concierne (me recuerdo diciendo frases prácticamente exactas a las de Hansen, de lado dejemos las filias musicales de éste, y su curro, la ropa, las borracheras, los karaokes y la hermana pequeña. Y ya somos…).

La chica que te folla, mima, acaricia, parece respetarte, te coge de la manita con inusitada ternura en momentos de total intimidad y te dice repetidamente que le gustas, mirándote fijamente a los ojos, como flotando en una nube rosa y deteniendo el tiempo (¡uff, pero qué digo!), así como confesándote intimidades aparentemente inconfesables, es muy capaz de no unir semejantes reacciones químicas a esas otras restantes que realmente valoran su instinto y a lo que se atiene, rompiendo inesperadamente la lógica de las consecuencias y toda ilusión palpada.

Desde el mínimo pero genial número musical que advierte la fase de agilipollamiento de una persona recién colgada de alguien, el original y entristecedor split-screen que compara expectativas con realidad y el consiguiente plano general con el chico, cayendo en un breve abismo a través de una ilustración sobrepuesta y animada , hasta los maduros y expertos consejos de una niña inmadura e inexperta, (500) Days of Summer posee infinidad de rasgaduras sobre las que se definen el idilio, por un lado, y la cruda realidad, por otro bien distinto. Así, Summer boicotea la posibilidad de dejar a la relación que se trunque justamente  por no querer hacerle ver la realidad a Hansen, y lo hace dando falsas esperanzas, manipulando, todo a ojos de un espectador que no debería perder detalle, por mínimo que sea, para que tal vez así vea lo que realmente le están contando y no lo que quiere que le cuenten. Resumiendo, Summer es una GRAN PUTA ZORRA, y la idea inicial (explícitamente representada en la citada introducción. No me estoy inventando nada, por lo tanto, tú tampoco deberías hacerlo) de la película era mostrar eso con una ruptura de la relación mezquina y gilipollas donde el chico tiene (más o menos) al toro cogido por los cuernos, quedando ella como una imbécil que sueña poco y mal y él, como un chico ya encallecido lejos del pringao infeliz de turno, sin rencores gratuitos ni lecturas resquemadas, pero con su muy buena ración de bilis (maravillosa la analogía de lo casual y lo sobrenatural con ese radical intercambio de emociones y teorías entre la “pareja” maltrecha hacia el final).

Es verdad que (500) Days of Summer no incurre en los oscuros recovecos de la pesimista, modélica y magistral Two Lovers (muy mal distribuida. ¿Qué pasa? ¿Faltan cojones para hacerle honores comerciales a esta puta obra maestra? ¿Es ya demasiado, hijos de puta?), pero tampoco lo pretende, y que su discurso del romanticismo y la “feminidad malvada” (el entrecomillado es por la ambigüedad –estupidez, más bien diría yo- de la personalidad de este tipo de personaje femenino, que por un lado es honesto y por otro, completamente deshonesto y cruel) ya tocó fondo con anterioridad en la demoledora, exquisita y sin embargo incomprendida Bright Lights, Big City, pero su ambición supera con creces al también magistral díptico romántico de Linklater, Before Sunrise y Before Sunset, ya indicada en los días de relación entre Summer y Hansen del título. Una pequeña obra maestra de lo melancólico, más allá de clichés, sin desazón pero tampoco sin esperanza (Hansen ya ha aprendido muy bien la lección y redefinido el concepto de esperanza), necesaria, purificadora, éticamente flipante e imprescindible, que le guiña un ojo al mejor John Hughes para luego metérsela doblada a éste y mostrarle el lado oscuro de los cuentos de hadas y es, en última instancia, especialmente útil para restregársela a las zorras del mundo con la seguridad de quien ha dado a éstas el repaso intelectual (y sentimental) del siglo. Esa es su finalidad. De nosotros para ellas. ¿Alguien dijo comedia romántica?

Romano y barroco

Nightmare

Tom Savini pilló un buen mosqueo cuando la divulgación de su participación como supervisor de efectos especiales en Nightmare (también Nightmare in a Damaged Brain o Blood Splash, y aquí conocida como Pesadillas de una Mente Enferma y Pesadilla Mortal en sendas ediciones censuradas en VHS) fue más y más acrecentada hasta convertirse en un chisme fraudulento que convirtió, a su vez, a Savini en responsable absoluto de los Fx para rentabilizar la promoción de la película, surgiendo así un nuevo mosqueo, el de Ed French, auténtico responsable de los Fx, unos realmente buenos que reforzaron el engaño comercial sin sospechas.

A principios de los 80, Romano Scavolini llegó a Estados Unidos en el momento del auge del slasher, el látex y las vísceras de pega. No parecía contentarse con probar suerte en el mercado con un slasher al uso, quiso destapar sus raíces latinas y caracterizó al subgénero de las cuchilladas norteamericano por excelencia con una obra única en su idiosincrasia: amaneró un guión absurdo y demencial y se empeñó de verdad en filmar las escenas del chapoteo truculento de la sangre y las mutilaciones con todo lujo de detalle, dejando la narración, los personajes y aspectos técnicos como la iluminación en un segundo plano prescindible. El resultado fue un giallo sórdido y gratuito parido en las Américas y prohibido en el Reino Unido (una de las tantas cintas que pasaron a engrosar la mítica lista de las video nasties) por su excesivo regodeo en el gore (la película es un prodigio en este aspecto) y utilizar gimicks escabrosos al estilo H.G. Lewis en el estreno comercial, como regalar bolsitas para vomitar con la entrada y organizar una especie de encuesta para adivinar el peso de un cerebro humano en un potito (!!).

Savini no quiso que la sangre salpicara más allá de lo que ya salpicaba y no demandó a los productores. Quedó todo en un tirón de orejas. Pero hablemos de Nightmare, de por qué me sigue fascinando después de ver por segunda vez su versión UNCUT, con toda su irracional brutalidad sanguinolenta y su casi mortal aburrimiento (dicha versión no sólo incluye la explosiva y reconfortante totalidad de los geniales Fx de Ed French, también algunos pasajes idiotas de diálogo y tiempos muertos soporíferos). Porque Nightmare es indecible, incongruente, enferma, chunga, fea, so cerda, amoral y anormal.

Scavolini es un buen tipo, me cae bien, el hombre, en serio, pero admitámoslo, está como un cencerro. Podría decirse que Nightmare es tan personal como el resto de obras de su director (ver su web que he enlazado más arriba). Él escribe y dirige esta infamia como encerrado a cal y canto en un geriátrico, y en ella, ridiculiza in extremis las instituciones mentales del mundo y las drogas experimentales para dementes psicópatas aquejados de esquizofrenia y demás enfermedades como la epilepsia (¿o aquí era la rabia?) con una excusa argumental que no es de este mundo y convirtiendo en depravada y enfermiza parodia sin gracia el legado de Michael Myers, un angelito comparado con el malo de Nightmare.

El negativo original con el que se han realizados todas las copias de la película está hecho una puta mierda, plagado de pelo, grano y vete tú a saber qué más. Textura güarra esta que degrada y pervierte la imagen en consonancia con las toneladas de enfermedad general que rebasa la película por todos sus costados. Como en otras muestras de terror tremebundo y subterráneo de la época, palo Night of the Demon, Maniac o Don’t Go in the Woods (no por casualidad, también video nasties), Nightmare se subraya concienzudamente a si misma en el gore directo y avasallador, elemento vitalicio con el que Scavolini despliega la maestría de la que carece en sus otras ocupaciones directorales. Una absoluta maravilla en forma de largos y repulsivos asesinatos, que recogen el testimonio de los mejores Lucio Fulci y Joe D’Amato (más que los de Mario Bava y Dario Argento), siendo esa sensibilidad estrictamente italiana la que hace destacar a este despropósito sin ningún sentido de la medida ni de la decencia a cualquier nivel, que además cuenta con un minucioso montaje, dirigido únicamente a estas escenas de sangre enviciadas que insiste e insiste en mostrar la posición que asegura el ángulo más explicito, por medio de ralentizaciones y planos repatriados que aparecen en el mejor y más oportuno momento, como mandan los diferentes estilos estéticos del cine de horror italiano reconocido en el barroquismo. Pocos (o no los suficientes) directores actuales se atreven a representar las maneras y la desvergüenza del Roman Scavolini de Nightmare. Necesariamente han de estar tan locos como Rob Zombie o Adam Mason.

Os muestro las carátulas de las tres ediciones en DVD extranjeras de la película. Hay una que contiene el metraje original íntegro, otra más dialogo que sangre, aunque también dice ser íntegra, y la restante, ni puta idea:

Qué haceres en Halloween

Halloween 2 (Rob Zombie, 2009)

Rara vez, prácticamente nunca, me veo disfrazado en una de esas fechas señaladas que te predisponen a ello. Aunque costumbre puramente americana, y a diferencia de los polivalentes carnavales, más nuestros, Halloween me merece el respeto y la oda por ser la única fecha medio pagana y ceremonial especializada en los espantos y la casquería, y por dar origen a ese precursor inabarcable e inmortal del cine de terror que es Halloween, claro. Por eso, nunca fallo a la cita que Noel congrega en su blog todos los años por Halloween. Celebrar estas fechas con un texto purificador no tiene igual, ya que ver a niños con bolsas de caramelos y artículos terroríficos proponiendo truco o trato en casas ajenas de barrios residenciales, no le incumbe a este país, como tampoco les incumbe a los americanos bailar la jota como costumbre nacional.

La 6ª edición del especial de Halloween heladero, centrado en los amoríos del voyeur más implicado, me ha dado la excusa perfecta para soltar una carga que ya llevaba un tiempo pesándome: mi declarado al Josh Hartnett de 30 Days of Night, texto que merece estar archivado aquí también:

30-days-night

Sedúceme a hachazos:

Desde los fósiles fundacionales hasta los más contemporáneos, son muchos los amores puros y platónicos con aspecto físico monstruoso o normal y corriente (es un decir) inmortalizados en el grueso del cine fantaterrorífico que consideramos nuestros, sin embargo, es cada vez más inusual que un sentimiento tan delicado, íntegro e irracional como es el afecto incondicional hacia algo emerja en el espectador a causa de alguna cosa o persona que deambule con cierta autoridad por una película de terror, una de cara a la galería, la de los grandes estudios (o los pequeños auspiciados por los grandes), por supuesto, siendo las producciones más pequeñas (y rara vez con una distribución comercial mínimamente decente y efectiva) las que destilan mayor honestidad y mejores resultados en su totalidad. No es el caso de 30 Days of Night, pequeña producción de la Ghost House Pictures de Universal, comandada por Sam Raimi y Rob Tapert, protagonizada por una recurrida estrella juvenil (Josh Hartnett) y dirigida por la arquetípica y sempiterna figura de la “joven promesa en el género” que apuesta mucho con poco (David Slade, director de la finalmente muy decepcionante y desaprovechada Hard Candy, aunque de solvente y personal resultado en los apartados narrativo y visual).

Hubiera sido más sencillo (y previsible) tomar notas de un dibujo mental nítido y exacto del Boris Karloff blanquinegro de The Mummy; contar los hondos agujeros del careto de la Barbara Steele de La maschera del demonio; decantarme antes por la Jennifer Jason Leigh de Eyes of a Stranger o The Hitcher que por la Jamie Lee Curtis de Halloween o Terror Train, o anteponer la poderosa presencia y las sadianas acciones del Tom Cruise de Interview with the Vampire: The Vampire Chronicles a la pataleta gótica y la ética de bolsilibro, uno, claro, firmado por la plomiza Anne Rice en forma de best-seller, pero ya llevo tiempo queriendo resaltar los logros de la mejor y más sexy caracterización de un héroe de impoluta virilidad del cine de terror actual, el Sherif Eben Oleson, el excelente Josh Hartnett de 30 Days of Night, con su casi erótico, fiero y primitivo empleo del hacha, su valiente inmunidad al riesgo, su impasibilidad sentimental y su ética de guerrero tribal y llanero solitario místico, capaz de infundir un poético poso nihilista a una básica y honesta yuxtaposición vampírica rebosante de mala idea. Un hombre definido de manera directa y abierto, pues, a los estados febriles y amatorios que puede despertar en espectadores como el que esto escribe.

La película, que desborda un para nada casual bondad de pura Serie B, o sea, patente tanto en fondo como en forma, sabe equilibrar su brutal agresividad formal con un sólido clasicismo sin subterfugios irónicos que narrativamente recuerda a las mejores ocurrencias de un Stephen King sin beatería, superando, en líneas generales, y con enorme facilidad, al cómic homónimo del que procede, 30 Days of Night, guionizado por Steve Niles, coguionista en la película (por suerte, con arreglos concluyentes y definitorios de Brian Nelson y Stuart Betti), y dibujado por el sosainas de Ben Templesmith, francamente, un cómic rayano en lo patético, casi, casi un truño en todos sus aspectos, cuyo único punto favorable, su estupenda premisa, es sabiamente reinterpretado en la película (los 30 días seguidos de oscuridad del título planteados sobre inteligentes elipsis que la crítica y el público inertes no saben ver, como demuestra lo terriblemente infravalorada que está la película, aunque el tiempo y los aficionados al cine de terror más despiertos ya la están convirtiendo en ineludible título de culto).

Y ya ni mencionemos la amplísima diferencia, diría que hasta antagónica, que hay entre el Eben Oleson del cómic y el de la película. El primero manda a cagar la integridad viril y la humanidad del segundo a golpe de cursiladas baratas y convencionalismo pegoteado, y, por supuesto, dónde va a parar cualquier comparación con un Josh Hartnett de barba desgarbada con colgajos de hielo que blande un hacha para organizar con él una salvaje y casi ritual reyerta de brutales decapitaciones y desangramientos. Lo cojonudamente bien trabado que está este personaje a las magnificencias formales e hiperrealistas del suspense y del gradual y clásico desarrollo argumental de la película, es un hecho único en el cine de terror de los últimos años, sobre todo en el de vampiros. Con muchísima más violencia, sangre, terror, acción y vampiros feos con pinta de yuppie trastornado que en el cómic y una voluntariosa necesidad de respetar las consignas del gore y el terror duro a la vieja usanza por parte de un David Slade asombroso de veras, toda la parte final de 30 Days of Night demuestra un azaroso dominio de la contención, que no peligra la honorable condición de modesta película de terror que estamos degustando y, además, consigue arrastrarnos hasta una coda que no teme a una muda y simple poética del vampirismo y el heroísmo que deja en ridículo a la de Blade II, prácticamente idéntica, aunque con los roles invertidos.

Apego este mío por un hombre devuelto a sus orígenes primitivos de supervivencia y nobleza más que justificado.

Millones de espermas nadando en un mar de sangre

Como recientemente comentaba, el especial 20 aniversario del 2000maníacos se ha mojado como nunca. En él, los maníacos (algunos vueltos de la tumba, añado) hemos abierto el baúl de los recuerdos y con él, nuestro podrido y pervertido corazoncito. Este no es otro especial de la Semana de Terror de Donosti, ni aquél que celebró en dos nº’s el 15 aniversario del fanzine, es El Especial, y así ha de ser antes del fatal destino del maníaco dentro de una o dos décadas más por las vías habituales: sobredosis, alcoholismo, cáncer de pulmón, follando en una postura imposible o al estilo David Carradine. Mañana mismito se presenta en la Semana de Terror de Donosti. Una alegría en tiempos oscuros.

Ojazo a la portada. Hermosa. Deliciosa. Y enorme, desde luego. Currele antológico de Álex.

Involución. Versículo 1º: humillación

Nadie quería acordarse ya de cuando en la dictadura franquista directores de cine españoles de culo inquieto como Jesús Franco o Jacinto Molina se veían forzados a emigrar a países europeos más tolerantes como Francia o Alemania para producir y estrenar películas sin ningún tipo de traba que los reprimiera e impotenciara artística, económica y anímicamente. Con la transición, España era un país que suprimió el maquiavélico concepto de censura de los márgenes de la industria cinematográfica. Por fin un país comprendía que los entresijos políticos no se corresponden con ninguna expresión cultural y artística, al menos, hasta hoy.

Vemos más o menos bien la calificación por edades siendo un designio natural válido en las películas, pero la X es la letra enemiga del cine convencional y patrimonio exclusivo del cine pornográfico, establecido éste comercialmente a las normas de esta clasificación. Con ella, el cine convencional queda relegado a una tasa restrictiva que peligra el sector de la industria y sus trabajadores, disminuyendo radicalmente la publicidad y el acceso público en salas de las películas. Y que ahora, a las puertas del 2010, un país como España, precisamente, decida colgarle una precipitada X a la quinta secuela de un éxito comercial descarado del cine de terror entendido como rentable, jocosa y sana festividad sangrienta como Saw, resulta grotesco. El motivo, claro, es de un sometimiento involutivo que espanta. Que el Ministerio de Incultura considere a una película “apología de la violencia”, no me extraña. El nivel intelectual de un político, sobre todo si se es progre pero facha y con un buen colocón de poder, es generalmente exiguo o sencillamente nulo en este plano de existencia.  Lo que sí me extraña es que tome cartas en el asunto y prohíba una película debido a su carácter violento… por primera vez en la historia de este país tras las transición.

Sabía que el Ministerio de Incultura agrupaba a un séquito de palurdos trajeados que salen a la calle a meter morros de botella por el culo a las putas sin el consenso de éstas, pero no que fueran tan retardados, tan atrevidos, tan ignorantes y timoratos. Tamaña decisión censora y asquerosamente sociata, neoconservadora, impresentable y pavorosa, tiene una explicación. Leeos esto y luego volved conmigo:

El Gobierno aprueba la nueva Ley Audiovisual

Si atendemos a los apartados Protección de Menores y Multas por fomentar el odio de ese texto, veremos claramente el condicionamiento del resto complementario, que, a priori, debería ser beneficioso para la industria cinematográfica española y la programación en TV. Pero no se puede vestir al mono de seda con peor gusto. Entendemos que el criterio que sigue el Ministerio de Incultura para divisar el amplio espectro cultural que pretende regular es tan obsoleto, retrógrado, fascista, hostil y estúpido que no es tal. Vemos a los gobernantes tan imbuidos por un “cambio positivo” en la educación de nuestros hijos que no nos queda más que temblar, conocida de sobra es la brutal ineptitud del gobierno en asuntos de educación y cultura. Incapaces estos cretinos de solucionar auténticos problemas que les atañen realmente, interpretan del revés una de las bases más importantes en la educación de cualquier ser vivo, tenga la edad que tenga: tolerancia y libertad total en las artes, un mundo que no tiene más influencia que la de penetrar en el subconsciente (o salir rápidamente de él una vez dentro) de un modo responsable, selectivo, libre y siempre controlado con respecto a los que lo habitamos, siendo su hipotética mala influencia su uso político y represor de abuso de poder indiscriminado, pero tal cosa es imposible por irreversible. La cultura no prohíbe ni daña, sino que alecciona, muestra, nos vuelve más sabios y los que es más, le da sentido a la vida en particular y al mundo en general. De eso no cabe ninguna duda. Ella es siempre, siempre la víctima del borrego imperialista, depravado, incapaz, cobarde y confundido. ¿Cómo iba a ser posible, si no, poner el cine violento convencional en el mismo saco que el del porno?

Recuerdo, no para bien, las innumerables declaraciones de cineastas que han tenido problemas con la censura a lo largo de su carrera hace mil. España era ajena a la lacra censora del  temible Código Hays o a la de en sus tiempos inquisitiva MPAA. Ahora, parece, le toman la iniciativa. Viendo el percal, el caso de Saw VI no parece uno aislado, un error que el Ministerio de Incultura rectificará en un futuro inmediato. Si hasta casi como parece una infame excusa xenófoba (muy propia de este gobierno de mentecatos sociatas) para frenar un éxito de taquilla seguro venido de  Estados Unidos. Así pues, cualquier película que muestre un rudo componente de violencia explícita con intención de que éste sea la estrella (estamos hablando de uno de los espectáculos ya muy bien asimilados por el espectador mínimamente inteligente, el gore o la violencia salvaje -no necesariamente gratuita, aunque también- utilizados como sano ejercicio catártico, en su modalidad malrrollera, dramática, hiperrealista o divertida. Una arte, la de la violencia y el gore, privilegiada formal, ética y estéticamente, al fin y al cabo, de consumo absolutamente lícito, sano y purificador, sea compulsivo o moderado. El consumidor elige sus dosis de ficción sin riesgos de parte del producto consumido), será capada con una X.

Como veis, mi defensa del cine violento excluye la disputa a la aburrida, primitiva y necia idea de que las artes y la cultura constituyen un peligro social y moral, principalmente porque estoy hasta los cojones de repetirme a ese respecto. Me pregunto cómo nadie en su sano juicio puede reconocerse hoy en tan estrafalaria y contradictoria idea, y me respondo que el sano juicio en quien así lo reconoce brilla por su ausencia. La lógica de ese obtuso razonamiento da el fruto podrido en un resultado que obtiene el efecto contrario al que dicho razonamiento pretende combatir. Es de cajón.

Hay mucho de lo que indignarse, pero nada de lo que sorprenderse: la responsabilidad política, con sus leyes de postín y su falsa o tramposa democracia, es el mal que corrompe y destruye todo, y vivimos tiempos de peste socialista, de izquierda necia y acojonada.Y que Saw VI acabe siendo un truño o tan floja o prescindible como las dos anteriores entregas de la saga, es lo de menos.

Los distribuidores de la película, Buenavista, están como nosotros, que no se lo creen, negándose a estrenar la película en España si la letra X no desaparece de su clasificación. Mientras tanto, España hace el ridículo a un nivel de petardismo inusual, frente a países, en principio, más restrictivos como Estados Unidos o Reino Unido, que han recibido la película como cualquier otra que reúne parejas características, con la clásica ‘R’ (no recomendada a menores, o bueno, prohibida a menores sin la compañía de un adulto) y lista para ser vista en todas las salas comerciales.

No nos hace ninguna falta ver el menor indicio de cómo se las gasta Saw VI en lo visual y explícito de su violencia (parece que gran parte diluida en el torrente de imágenes fugaces y abigarradas, como es habitual en la saga, encima)  para que su clasificación X en España nos parezca tan ingenua y terca como peligrosa en el futuro (se ven a atiborrar a colgar X los muy mierdas, pero tengo la corazonada de que les va a salir el tiro por la culata, como debe ser), pero ahí van un par de clips oficiales de la película:

Clip 1: Dead trap

Clip 2: Red band

Anda, pasaos por aquí y echaos una firmita, que no perdéis nada. Al contrario.

Mis 100 terrores favoritos del 2000

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A comienzos de esta década, y con sólo unos pocos antecedentes como ejemplo, sabía que no iba a ser para nada difícil dejar a los 90 a la altura del betún, y así de estéril voy a dejar este insignificante dato (o burda comparativa) frente al gratísimo alivio que supone ver al cine de terror del 2000 proliferándose de un modo similar al de los 80 (y recuperando, a veces, la sofisticación, la sutileza e incluso la sordidez visual y moral del de los 70), incentivando todas y cada una de sus diferentes vertientes y pulsiones (como era de esperar, con predominio de slashers, survivals, torture porn’s morbosos, zombis, mutantes y una clara inclinación hacia la paranoia medioambiental y científica traducida en infecciones perniciosas y virulentas), logrando éxitos de distinto nivel en su modalidad mainstream y haciendo estragos a escala festivalera y doméstica, donde el género acapara, indistinta y significativamente, lo peor y lo mejor, pues son más las oscuras casas independientes, que no cuentan con el apoyo de una major, que han distribuido o producido algunas de las más baratas, sorprendentes, aventajadas y originales propuestas cimentadas en los seguros y edificantes albores del escalofrío, la violencia tribal y los chorretones de sangre.

Terror retroactivo con profusión y confusión de nombres propios, ambiguos retornos de viejas glorias (más o menos) rejuvenecidas o sólo oliendo a franquicia, mecenas oportunistas listos para codificar y, por supuesto, al otro lado, los acérrimos, detractores y submentales de rigor divididos en el palco. Terror en alza, qué duda cabe, con sus falsos geniecillos que pondera el ignorante o el ingenuamente convencido (Alexandre Aja, Pascal Laugier) o monstruos incipientes de primer orden, por suerte, más numerosos (Rob Zombie, Neill Marshall, Christopher Smith, Glen Morgan, Lucke McKee, Chris Sivertson, Ryan Nicholson, Mike Mendez, Andrew van den Houten, Jonathan Liebesman, David Gregory -uno de los documentalistas especialistas en cine de terror más cultos y atentos de Estados Unidos, que acaba de debutar en el largometraje con un insólito aguafuerte, delirante y sobrenatural, deudor de la escuela del mejor y más singular cine fantaterrorífico italiano, Plague Town-, los ingleses Simon Boyes y Adam Mason (los de The Devil’s Chair y Broken), los franceses Xavier Gens –que dio en el clavo con su primera película, la demencial Frontière(s), y ayudando a financiar la portentosa La horde-, Alexandre Bustillo y Julien Maury -responsables éstos dos últimos de la ya modélica À l’intérieur, imposible es su concepción de drama desbocado, clasicismo rugoso, surrealismo demente y poesía gore-; Eli Roth -y su peor película es Hostel-, Tom Six -futuro artífice de una de las trilogías más grotescas y demoledoras del terror más chungo, que ya cuenta con un pistoletazo de salida casi inmejorable:  The Human Centipede (First Sequence)-, Greg McLean o el renacido Victor Salva, entre otros que me dejo).

SI conseguimos olvidar por un momento que el origen del siglo XXI lo está marcando, en parte, el escaso rigor generacional de algunos (no demasiados) productos excesivamente retrógrados dirigidos al gran público, dominados por una banalidad moral puritana alarmante (y cuando no, por una nostalgia fácil y arbitraria, puramente mercantil, como es el caso del abuso de remakes norteamericanos completa y directamente inocuos y vergonzosos estilo The Omen, The Fog y The Last House on the Left), que no se corresponden ni con este siglo ni con el anterior, oremos, deshagámonos en plegarias para que en la próxima década podamos hacer una recolecta de frutos tan cuantiosa y significativa como la cultivada hasta ahora.

Todavía nos quedan más de dos meses para despedirnos del 2000 y seguro que hay otras tantas raciones de terror a la sazón con un montón de zarpas sacándolas ya del horno, pero de momento, aquí la lista de algunas de mis películas de terror e higadillos favoritas del 2000. No puedo entender a los que sólo escogen cinco o diez, encima, de entre las producidas por grandes estudios y con tirada comercial basada en la pancarta y el fariseísmo, fachada viable hasta en la parada de bus más cercana a tu casa. Pero a estos les puedo excusar en cuatro puntos, 1) no han visto nada, 2) les falta el olfato del incondicional, 3) son tontos del puto culo y 4) poco aprecio le tienen a uno de los géneros más vitalicios, necesarios, sensoriales, inagotables e imaginativos que existen, porque la pereza ni es excusa ni es nada.

La selección es tan rigurosa y minuciosa como parece y su confección se fundamenta, principalmente, en toneladas de fervor y respeto hacia el capital elemento común que une a las partes que la componen:

  1. Offspring
  2. Broken
  3. See No Evil
  4. My Little Eye
  5. Simon Says
  6. Rest Stop
  7. Live Feed
  8. Gutterballs
  9. Cabin Fever
  10. Dead Creatures
  11. Venus Drowning
  12. The Ungodly
  13. Hostel: Part II
  14. Frontière(s)
  15. À l’intérieur
  16. House of 1000 Corpses
  17. The Devil’s Rejects
  18. Halloween
  19. Five Across the Eyes
  20. Jeepers Creepers
  21. Jeepers Creepers II
  22. Dance of the Dead
  23. Imprint
  24. Haeckel’s Tale
  25. Incident on and Off a Mountain Road
  26. Plague Town
  27. Babysitter Wanted
  28. Autopsy
  29. Seed of Chucky
  30. Severed
  31. Freddy vs. Jason
  32. Feast
  33. The Mad
  34. Severance
  35. Black Sheep
  36. Shaun of the Dead
  37. The Descent
  38. Wolf Creek
  39. Evil Aliens
  40. Dead End
  41. Bad Biology
  42. Trailer Park of Terror
  43. Dying Breed
  44. Perkins’ 14
  45. Hatchet
  46. Behind the Mask: The Rise of Leslie Vernon
  47. Black Christmas
  48. Laid to Rest
  49. Final Destination
  50. Final Destination 2
  51. Final Destination 3
  52. I Know Who Killed Me
  53. Diary of the Dead
  54. La horde
  55. Shuttle
  56. Ginger Snaps
  57. Book of Shadows: Blair Witch 2
  58. Blade II
  59. 28 Weeks Later
  60. Sheitan
  61. 30 Days of Night
  62. The Devil’s Chair
  63. Murder-Set-Pieces
  64. Cloverfield
  65. Wrong Turn 2: Dead End
  66. Saw II
  67. Storm Warning
  68. Stuck
  69. The Texas Chainsaw Massacre: The Beginning
  70. Feed
  71. Man-Thing
  72. Dance of the Dead
  73. Ils
  74. Planet Terror
  75. Resident Evil: Extinction
  76. Heartstopper
  77. Sam gang yi
  78. Bug
  79. Slither
  80. The Gravedancers
  81. My Bloody Valentine
  82. Frailty
  83. Splinter
  84. May
  85. The Girl Next Door
  86. The Human Centipede (First Sequence)
  87. Rohtenburg
  88. The Hills Have Eyes II
  89. S&Man
  90. The Burrowers
  91. The Ruins
  92. Otto; or, Up with Dead People
  93. Scream 3
  94. Session 9
  95. Wendigo
  96. Trick ‘r Treat
  97. The Signal
  98. Deadgirl
  99. The Children
  100. Mum & Dad

    La luz en la sombra

    Encontrar al mejor Woody Allen de esta década (y gran parte de la anterior) en un par de sombríos experimentos que ensartan el thriller de corte clásico con el humor negro y la tragedia griega en un contexto mordiente y avasallador de inusitado contenido filosófico y moral como son la genial Match Point y su prima hermana, la muy inferior pero igualmente sangrante, clásica y amarga Cassandra’s Dream, dice todo acerca de la “incapacidad” del genio de Allen por avivar su natural sentido de la agudeza en el humor puro de sus más recientes comedias, verbigracia The Curse of the Jade Scorpion, Hollywood Ending, Melinda and Melinda o (ay, ay, ay, Allen) Scoop. Una incapacidad que, además, propicia malamente el discurso monotemático (pero universal) de Allen. Por eso, hoy, el lugar de Allen son las sombras.

    Algunos parecen creer que con Whatever Works, un nuevo contraataque cómico, Allen se ha recuperado de su constante traspiés con la comedia en los últimos años, rememorando la frescura de Manhattan o, yo qué sé, Deconstructing Harry. Y a eso respondo yo, así, secamente, como a mí me gusta, y lamentándolo, joder, y una puta mierda. Ni siquiera se le aproxima a Manhattan Murder Mystery (con todo, una de mis favoritas de Allen). Qué más quisiéramos muchos.

    Whatever… maneja con soltura una premisa que funciona como declaración de intenciones en la primera secuencia, ciertamente brillante,  pero se diluye a lo largo de una narración caprichosa, acartonada, tópica, obvia y, finalmente, insulsa. Su sensibilidad romántica, ética y reflexiva es un neceser de constantes trilladas del cine de Allen, demasiada esquemática y barata en su ambivalencia. En última instancia, no hay mala leche, sino discursos misantrópicos en boca del protagonista (cómo no, el sempiterno alter ego de Allen), dados la vuelta para plantearnos lo opuesto (sí, el jin y el jan. No te jode, Allen), el más franco optimismo en un mundo imperado por submentales, como el Larry David de la película diría. Hecho certero por personal y ser de alcance para los que lo puedan alcanzar, pero sin sorpresas, brillantez y menos aún originalidad, de la que Whatever… es completamente huérfana.

    Por momentos, remite al humor desganado y horrorosamente obvio de las insufribles  Hollywood Ending o Scoop, mientras que en otros, remite a algo mucho peor, a las comedietas de Jay Roach sobre encontronazos ridículos con suegras, nueras, animales y el bonsai ese seco que hay en el jardín y su puta madre. No es mordacidad lo que hay aquí, sino desgaste, un repertorio casi nulo de chistes existenciales (monótono en la modalidad política, religiosa, social y racial), pero con mínimos fogonazos de genio (como siempre, y menos mal), sobre todo, en el asunto religioso (Allen continua siendo el ateo que mejores chistes clericales cuenta). Y el detalle pedófilo y lolitoso habitual en Allen, aquí conectando directamente con la muy superior Mighty Aphrodite, es quizá el cliché más molesto y previsible. De esta lamentable manera, Whatever… no constituye la sátira humanista que muchos le quieren ver, sino una arquetípica y aburrida oda al optimismo, sin ofuscaciones, pero obsoleta, de sabor rancio, pensamiento chocho, blanda, inofensiva…

    Érase una vez… un maníaco

    2000 MANIACOS

    El fanzine valenciano 2000maníacos se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo (algo aletargado, eso sí) en un referente intachable en el fandom español y mundial. Coincidiendo con su fiel cita anual con la Semana de Terror de Donosti a modo de nº especial, este año celebra un orgulloso 20 aniversario del consistente refrito contracultural que siempre lo ha caracterizado en sus irregulares y soliviantadas recetas especiales de semen y sangre.

    Un fanzine al que le debí bastante. Lo reconozco. Cuando Manolo Valencia decidió acogerme en su seno (decisión exclusivamente suya) hace ahora unos siete u ocho años, no tenía bien valorados a los editores en general. Jamás terminé de acostumbrarme a las necesarias restricciones de caracteres en los textos que se nos impone a los colaboradores o a los plazos límite de entrega. En aquél entonces, compartir staff con Jesús Palacios, Jordi Costa, Pedro Calleja o Álex Mendíbil, para mí comportaba un valor ético y sentimental importante, sobre todo, por la diferencia de edad, por haber crecido, en parte, con las letras de los susodichos, pero después de unos años y una racha inmejorable de números, dejé de sentirme cómodo y a abominar de ciertas constantes y condiciones del fanzine que empezaban a peligrar debido al desencanto venido de un descuidado exceso en la repetición y la ironía, cada vez más tosca y menos ingeniosa.

    Han pasado cuatro años tras mi silencio, y Manolo, atacado por la nostalgia y preñado de emoción fraternal, ha reunido a todos sus ahijados para este, en principio, prometedor 20 aniversario de un clásico en papel de los que ya no quedan. Reunión que, a la postre, incluye un test que nos obliga a hurgar en nuestros más otoñales recuerdos a los congregados en el sarao maníaco, esperemos que antológico.

    Aquí, la versión íntegra de mis respuestas a ese test:

    -¿Qué hacías hace 20 años y qué haces ahora? ¿A qué te dedicas?

    Hace 20 años yo era un colgajo de 7. Iba al cole, claro; empezaba a escuchar a Queen, Ramones, Sex Pistols, Iron Maiden, Metallica, Baron Rojo… Descubrí a Harry el sucio, Freddy, Carol Anne y al Tiburón de Spielberg. En fin, cosas de niños en aquella época.

    Qué hago ahora? Doy tumbos poco regulares haciendo curreles (casi todos de mierda) en tv-movies nacionales, spots y cine, desde Fx a arte, y cuando no, cualquier cosa. Pero generalmente me doy de hostias por dirigir y escribir.

    -¿Cuándo y cómo conociste el fanzine?

    Me topé con un Tutto Italia en un catálogo (Discoplay o similar) cuando tenía unos 14 años, allá en el 95, en Alicante. Por supuesto, estaba descatalogado, pero un colega mayor de un colega, o algo así, acabó prestándomelo.

    -Para ti, ¿Cuál es la mejor portada del 2000maniacos? ¿Y la peor? ¿Porqué?

    La del especial Superhéroes Bizarros es un clásico sin precedentes. Esa imagen impecable de Supersonic Man vacilante ante el mundo supera a la de cualquier monstruo supurando pus y sangre.

    La peor quizá sea aquella tan fea de un personaje verrugoso de Ellos robaron la picha de Hitler, del nº 33.

    -¿Cuál es el mejor nº del maniacos? ¿Y el peor?

    Por afinidad (y quizá algo de nostalgia), el mejor es el Tutto Italia. Soy un incondicional del fantástico Italiano y con ese nº me hice pajas. El peor, cualquiera que le baile el agua más de la cuenta a Vigalondo, Torbe o Julián Lara. Estos mendas me tienen hasta los cojones. Cuidado con las mamapolladas.

    -¿Los artículos/entrevistas que más te han gustado?

    No quisiera parecer ególatra, pero mis artículos favoritos del maníacos son los míos. En “Cubos de Sangre” pude incluir algunas pelis de las que en ningún otro sitio en este país se había hablado, y “Amanecer Sangriento en Ohio” fue el segundo artículo escrito en español sobre el director de culto Jim Van Bebber tras el aparecido en el libro “Pantalla de Sangre”. Mis entrevistas favoritas puede que sean las hechas a Frank Hennenlotter y Screaming Mad George, por variables y espontáneas.

    -El fanzine, ¿ha envejecido bien o fatal? ¿Qué le falta y qué le sobra?

    Ni bien ni fatal, normal. En general, le faltan más huevos, o sea, más rigor y evolución, y le sobran los chascarrillos que están de más, así como el exceso de amiguetismo y afotillos narcisistas de las fiestas o chorradas de los colaboradores, que son unos putos drogadictos. Obviamente, esto es sólo una opinión.

    -¿Tus 5 pelis maníacas favoritas de todos los tiempos?

    Te digo sólo 5 de una lista muy extensa: Henry: Portrait of a Serial Killer, Maniac, Salò o le 120 giornate di Sodoma, The Last House on the Left y The Texas Chain Saw Massacre.

    -De pequeño, ¿qué tebeos leías y qué juguetes tenías?

    Más o menos, lo normal en un niño de los 80: de tebeos, Mortadelo & Filemon, Tintín, Conan, Lobezno, La Masa, Tirant lo Blanc (lo regalaban en primaria) o exploits de cine malos como Terminator vs su puta madre; de juguetes, Tortugas Ninja, G.I. Joe’s, He-Man’s… Sin embargo, cosas secundarias frente a la lectura de pulp fictions de horror y aventuras y ver y coleccionar cine violento, fantástico y de terror.

    Sitges 09: arde, París, arde (La Horde)

    la-horde

    Si alguien creía totalmente imposible la brusca aparición de un maremoto en el tsunami de cine de zombis arquetípico actual, se equivocaba. Y si [Rec] supuso una simpática y bastante conseguida chorrada que de original tenía lo mismo que los elementos más gratuitos y miméticos de la exploitation italiana al estilo de Dèmoni y Rats – Notte di terrore, La Horde, entonces, merece colocarse por encima del grotesco éxito del simplón experimento comercial de los muy sobrevalorados Balagueró y Plaza porque pretende ser mucho más sencilla y resulta, con descaro y a cualquier nivel, infinitamente superior.

    Una París agonizante, literalmente reventando y ardiendo, mientras oprime el ambiente y cubre los cielos de azufre, empeorando, además, un conflicto moral entre polis, cacos y familias casi mafiosas, plantea una poética del apocalipsis zombi estrictamente europeo más aterrador, sugerente y brutal que un pisito de mierda invadido por endemoniados de chichinabo, bomberos barceloneses, vecinos sacados de una sitcom española barata y un ridículo equipillo de TV. La Horde se erige así como una película de zombis sin medias tintas, coartada fantástica o justificaciones argumentales enclenques.

    Excesivamente agresiva, ruda, sucia, amoral, hipergore, electrizante y salvaje, La Horde maneja con inusitada maestría los elementos claustrofóbicos y ambivalentes de Assault on Precinct 13 y Night of the Living Dead, rememora el cine de acción del primer Walter Hill, se permite numerosos flirteos con la comedia y rechaza vehementemente la amnistía en la trifulca ética que contrapone al elemento zombi, haciendo del efectismo, el culto al fin del mundo y la violencia visual una vocación subversiva de póstumo grado. Una de las películas de zombis más dignas, desconcertantes y memorables de cuantas de se han hecho.

    [mierdolo infame]     [la va a volver a ver su puta madre]    [una colega]     [sienta como una mamada]     [absolutamente gloriosa y orgiástica]