
Imagen del obsceno prólogo grabado con video-cámara de la amoral y enervante "Pathology"
A estas alturas, confesar mi admiración incondicional y profunda hacia Neveldine/Taylor, el dueto de cineastas hollywoodienses mejor dedicados a la exploitation rastrera y mordiente de primer orden de la actualidad (tal vez sean los únicos que han sabido fraguarse un terreno en estas lides junto a otros dos o tres que me sé), no es una confesión. Es una exhibición de sentido común en la reafirmación de mis apelotonados credenciales culturales. Neveldine/Taylor son, aparte de creadores de nuevas corrientes subalternas de un cine de acción sucio, sin miramientos ni sentido de la decencia (a la apabullante carta de presentación de la pareja, Crank, su muy superior y gloriosa secuela, Crank: High Voltage, y a la subversiva Gamer me remito), el genio detrás de Pathology, uno de los thrillers de hospital más perturbadores, inteligentes, sórdidos, enfermizos, oscuros y terribles que se han hecho jamás, y me he dejado unos cuantos adjetivos más por el camino.
Pathology fue un libreto que el dueto escribió y produjo de acuerdo al talento como director de unos de sus amigos, el alemán Marc Schoelermann, y creedme cuando os digo que los resultados del trabajo terminado no responden a formalidades ni a trilladas convenciones de manual. Es una pequeña obra maestra del oasis pérfido pero racional y la depravación moral, una ruda, peliaguda, implacable y esquinada reflexión sobre la animalidad humana y la perversión. Presenta a un pobre diablo, joven, guapo, perspicaz y culto, que sigue las castas normas de la sociedad burguesa y acomodaticia, comprometido con un coño pijo y cursi y con un gran porvenir por delante, en suma, con una vida vacía, insatisfactoria y aburrida, pero si hay algo interesante que realmente reconforte una mentalidad brillante como la suya, es sacar a pasear con regularidad a la bestia parda y reprimida que anida expectante en su interior, perro sabueso del subterfugio borderline que, paso a paso, muerto a muerto, ayuda a definir composturas y darles maligna entidad.
Nos encontramos en un hospital de medicina forense, cuna de la sabiduría del secretismo postmortem, con los estudiantes más privilegiados del negocio de la muerte, y ya se sabe, hay quien de bromear con cadáveres, jugar al Sherlock Holmes forense, follar entre autopsia y autopsia, pasa a cargarse a gente de formas extraordinariamente rebuscadas y formar un club donde averiguar cómo, cuándo y por qué se ha asesinado a la víctima; la paja definitiva de los estudiantes de medicina, vamos. Una vez cruzada esta línea, tarea que atiende a motivos fascinantes (ninguno, porque la vida apesta y son tantos los bultos que la pueblan que por deshacerse de unos cuantos nadie va a notar la diferencia), no hay límites: follan, se regodean en la insania homicida, se chutan mierda y fuman pipas de crack durante el proceso del juego, porque así es como lo ven estos zánganos del bricolaje humano, como un juego, y lo que es más, como un arte sublime capaz de trasvasar cualquier barrera moral, social o profesional.
Pathology no gustó demasiado en este país, poca gente interesada en hincarle el diente y pocas críticas encima, imbéciles, muy desganadas o mal encaminadas. No tuvo una distribución comercial decente y aquí fue relegada al mercado del DVD, a pesar de contar con una estrella juvenil en potencia en el reparto, el televisivo Milo Ventimiglia, pero comprendemos que su falta de decoro no es precisamente franqueable en según qué ámbitos, porque, desde luego, es una película incendiaria, descabellada, demente y nihilista como ella sola, desprovista de ironías fáciles o amables. El tiempo la colocará en su sitio, no obstante.
Con decir que su siniestra, mórbida, inusitada y compleja corrosividad deja al brutal Crash de Ballard (y al de la película de Cronenberg, igualmente brutal) y a la sobrevalorada y aparente Fight Club (está de brutal sólo tiene su agresividad visual) como comedietas Disney para toda la familia, debería bastar para que si, por un casual, la comparamos con otros thrillers terroríficos y paranoides de hospital como Macchie solari y Anatomie (un par de joyones europeos de distintas épocas pero remotas inquietudes muy reivindicables. De paso, y sin salirnos del tiesto, recomiendo la reciente Autopsy, en una vena más malrollero-festiva y de terror absurdo, pero malintencionada y gore en las porciones deseadas) comprendamos que es prácticamente imposible que tenga igual o similar, aunque respete la estructura y los códigos narrativos elementales del cine de suspense clásico.
Prólogo precréditos antológico, currote machaca, sobrio, escabroso y preciso de Schoelermann tras las cámaras y un guión, que no lo he dicho, impecable narrativamente, minucioso, culto, degenerado, desinhibido y expeditivo, que confirma a Neveldine/Taylor como fieles exponentes de un cine decididamente transgresor, renovador y a la defensiva de nuevas generaciones de cineastas perdidas en la somera o en el calor de los abrazos al convencionalismo trepa. Esto si deja a uno el cuerpo fino, hostia.