Los Oscar sin gloria

En los Oscar, Inglourious Basterds 8 nominaciones, The Hurt Locker, 9, y District 9, 4. La de Tarantino será la comedia cuchufleta y la exploitation relamida y megalómana (cosas que a la película, la mayor de las veces, le sientan muy bien) más premiada de la historia, pero seguro que en la academia se la toman en serio (todavía espero unas declaraciones de Spielberg que asuman que Inglourious Basterds es la mejor comedia judía de todos los tiempos) .

Obviando las nominadas más gilipollas y predecibles (Avatar, Up in the Air, Das weisse Band – Eine deutsche Kindergeschichte…) y aunque la ceremonia de entrega de los Oscar y la “relevancia” de sus premios me resbalen, sólo por la atención recibida a la tres primeras antedichas este año merece la pena seguir el evento.

La luna que quema

Rompo el parón vacacional del blog para hacer un inciso sobre una cuestión que considero ineludible y me ha inflado en parte los cojones. Me entero del próximo estreno de la nueva película de Vicente Aranda, Luna caliente. El caso es que tiene una pinta del carajo. Habla de las violaciones desde un punto de vista partidista, humano, culto y tribal. Hace de la novela argentina que toma como base una cosa totalmente española y cercana a su director (el Proceso de Burgos vivido por Aranda en los 70) y está libre de ataduras y restricciones tiranas de producción, lo cual la convierte en un proyecto personal. Precisamente me llama mucho la atención que el tema conecte directamente con un aspecto importante del cortometraje que estoy produciendo ahora mismo. Y si hay algo con lo que me identifico profundamente y conozco por experiencia propia, son las declaraciones de Aranda por las que izquierdistas necios y babosos y feministoides taradas y déspotas han empezado a poner el grito en el cielo, esperemos que no muy extendido:

Una polémica imbécil, mínima, de momento, pero previsible. Como siempre ante lo desconocido, moralistas y políticos submentales tan habituados a la malinterpretación de pensamiento, a simplificar y sacar de contexto razonamientos valientes y realistas imponen recursos de hipocresía ética ante la supuesta peligrosidad social de las declaraciones de una voz pública como medida de censura, nuevamente, al arte y la razón. Mamoneo pusilánime que con el tiempo la izquierda ha llegado a superar en malicia e impostura a la derecha en este país. En este caso, amenazan con boicotear la filmografía de Aranda hasta que éste rectifique y pida disculpas por las declaraciones que hizo en el diario El País. Putos catetos.

Sugerir que un violador no merezca ser perdonado y tratado como un igual para estigmatizarlo de por vida como un ser vil y diabólico es desear el mal por encima de todo. Y sugerir que un violador es reincidente por naturaleza y que sus actos son parejos a los del asesinato es ya falta de cordura. Son temas espinosos que la gran mayoría de gente no está preparada para afrontar, que los juzgan por condición moral preestablecida, sin tener ningún conocimiento al respecto por negación, cegada por el rencor, reprimida por el miedo y podrida por la estupidez y el eterno debate de lo permisible.

¿Es posible establecer algún tipo de vínculo o relación con una persona que haya violado a alguien? Todos somos violadores y asesinos en potencia. Es nuestra naturaleza. Entonces, ¿es posible dar tregua a aquellas personas que han cometido un acto cruel pero sin embargo primitivo e instintivo como es la violación? ¿Podemos aceptarles? ¿Ser amigos suyos? Desde crío que a mí no me cabe ninguna duda. No sé Aranda, pero yo conozco un caso al que tendí mi mano, con sinceridad, sin ningún miedo o prejuicio, mientras me llegaba el tufo a rencor, intolerancia  y desprecio a su alrededor. Podemos ser amigos suyos e incluso respetarles y apoyarles en su reintegración moral o social. Desde luego que sí. Estamos hechos de la misma mierda. Vivimos en el mismo jodido mundo. Alguien abatido por el arrepentimiento que finalmente logra superar este sentimiento de culpa, o lo que es lo mismo, vivir con él con la barbilla levantada, merece todo mi apoyo.  Lo obsceno (y enfermo) es ser como el rebaño, ese fanático demente del castigo, envuelto en una espiral de odio y negación a la razón que nunca acaba ni cambia. Luego los malos somos quienes escribimos cosas como esta o hacemos declaraciones como las de Aranda. Mi “que os jodan” a este vulgo y mi apego profundo hacia Aranda son sinceros.

Y puestos a justificar (que no aprobar) la violación, ¿qué me decís de la fantasía sexual femenina por excelencia? ¿Vuestra chica jamás os ha propuesto que finjáis violarla? ¿No habéis ido los dos a comprar lencería barata para luego romperla en ese inocente juego perverso? ¿Más de una chica no os ha contado que suele o solía masturbarse con la típica fantasía del trió de machos que la acorralan, maltratan y follan por todos los agujeros? Si no es así, deteneos a pensar en qué clase de mentira de mierda vivís.

Aranda, que demuestra ser el cineasta español más personal, inteligente y moderno de ahora mismo, no está ya para monsergas, que viene demostrando su particular y fascinante concepción del sexo y la violencia desde sus primeras películas (Fata/Morgana, Las crueles, la sensacional La novia ensangrentada y El crimen del Capitán Sánchez, su polémico episodio para la serie La Huella del Crimen, sin olvidar ese estupendo prólogo suyo del libro El Sexo en el Cine y el Cine de Sexo, de Ramón Freixas y Joan Bassa). Espero, pues, que esa Luna caliente calcine a los puritanos y debiluchos mentales de turno, y en caso de no callarles la boca, que les haga hacer el ridículo… como siempre hacen.

Hasta luego

Chapo el garito por una temporada. Es irónico que este, lugar donde dejarse caer para relajarse y desasirse de rutinas enclavadas, me suponga un obstáculo en ciertas tareas que me exigen preferencia hasta en los descansos más nimios y están, en gran parte, también relacionadas con la neura de las letras. Lo retomaré en unos meses, lo prometo. Sin embargo, podéis mitigar vuestra ansia sexual hacia mí las veces que me apetezca eructar alguna que otra reseña en MicroCritic. Gracias mil por estar ahí y darle sentido y utilidad a este artefacto.

Capador capado capa al capador

Justo ahora que Hollywood maquina una posible mecanización, valga la redundancia, de una de mis películas favoritas de todos los tiempos, The Mechanic, valga, de nuevo, la redundancia, es hora de hablar de esta inaudita, sencillamente perfecta, obra maestra de Michael Winner.

Más de un despistado habrá que piense que ahora que oscarizan thrillers ultraviolentos sobre la figura del asesino a sueldo como No Country for Old Men, que no era otra cosa que un Terminator en clave de implacable western crepuscular, con toda la artificiosidad que ello conlleva, aunque disimulada con aristas de clasicismo formal e ideológico, nada pasado en relación a caciques y alumnados sin escrúpulos en dominios del negocio de la muerte puede impactarle. Tamaña memez puede deberse a la ignorancia de la existencia de la mejor película protagonizada por el estoico y genial Charles Bronson y centrada, muy, muy centrada en los vericuetos imposibles del asesino a sueldo depredador y modélico, la citada película de Michael Winner, sin duda, el más cerebral de los pasteles de sangre y violencia moral del director de Death Wish y Scorpio.

Para entrar en materia, debemos hacer un breve repaso a los credenciales de su guionista, autor absoluto del guión y la historia, Lewis John Carlino, uno de los cineastas estadounidenses más ninguneados de los 70 y, a la vez, de los más interesantes y personales. Obras suyas son The Sailor Who Fell from Grace with the Sea, The Great Santini y la más célebre Class (genial y singular reunión del denominado brat pack yanqui en la tragicomedia romántico-adolescente de los 80), las tres únicas películas que se ocupó de dirigir y escribir él mismo, a excepción de la última, que sólo dirigió. En todas ellas exponía un dilema distinto, siempre encabezado por la constancia obsesiva de unas costumbres que irrumpen forzosamente en paraje ajeno (mujer viuda  que niega el afecto de otros hombres por infantil respeto al difunto marido; oficial militar huraño y rudo que se maneja en los asuntos familiares y personales igual que en el campo de batalla, drásticamente, y chaval virgen obsesionado con mojar que ve volcados todos sus sentimientos y habilidades amatorias en una mujer que casi lo triplica en edad, la madre de su mejor amigo, nada menos), pero nada comparado a lo que tenía preparado a los mandamases de la MGM y al tándem Winner/Bronson.

Siento decirlo así, secamente, pero Winner tiene más huevos que Don Siegel y Sam Peckinpah juntos, y no quiero restar méritos a estos dos punteros del cine viril, tengo a ambos en alta estima, simplemente reconozco y comparo maneras, que no son ajenas. Winner ha mostrado siempre una fascinación por la muerte y la violencia hiriente y corrosiva, sin florituras ni marcas de estilo con estampación en relieve. Me bastaría un solo ejemplo que lo corroborara, The Sentinel (¿recordáis esta puta obra maestra del mejor cine fantaterrorífico de los 70? Pues cojones, es bien suya), pero el realmente significativo a este respecto es y será siempre The Mechanic, su tétrico y cínico hermetismo ha llegado hasta nuestros días inmáculo e impertérrito, y resulta, a la par, tan polémico y rotundo como siempre. Me pregunto si nuestro Ministerio de Cultura (que no necesita a ningún generalísimo para ser necio y opresor) accedería de nuevo a prohibirla durante años baja la previsible e imbécil acusación de rigor, apología de la violencia, como ya hizo en su día (¿de qué me sonará a mí esto?).

No es de extrañar que la España franquista prohibiera la película baja esa acusación, aún sin sostenerse en absoluto (resaltaron su violencia explícita, cuando más bien mostraba poca, prácticamente nada comparado con Dirty Harry, que España estrenó el mismo año que prohibió la película de Winner. P’a cagarse). Debieron pensar que la idea que tenían de casto subnormal español de principios de los 70 no estaba preparada para afrontar una película que hablara a la muerte de tú a tú, mirándola directamente a los ojos, sin remilgos ni contrapuntos morales.

No hay otra igual, ni siquiera contando con sus aledaños tardíos, los únicos que ha tenido (Assassin(s), Henry: Portrait of a Serial Killer y C’est arrivé près de chez vous). El minimalismo de Winner le confiere al portentoso y siniestro guión de Carlino un aire de escabroso documental sobre personas que mantienen relaciones afectivas con la muerte, con su esencia, digo, y su poder de seducción adictivo y malsano. ¿Dinero? Parafraseando al brutal Arthur Bishop (el papel de Bronson), ese no es el motivo: se tiene unos códigos y una filosofía capaces de transformar un asesinato meticulosamente urdido en la obra exclusiva de un mecánico, de un artista. Ese es el auténtico motivo, de haberlo, y ni dudas existenciales ni mandangas en vinagre.

Conviene destacar también la labor que aquí ejerce un Winner insólito y en plena forma, que se recrea en las divisas de una paleta cromática estimulante y dinámica, esteticismo permitido al par de directores de fotografía de la película, ambos con distintas tareas asignadas, el primero, Richard H. Kline, acentuaría los tonelajes sombríos en las escenas rodadas en Estados Unidos, mientras que el segundo, Robert Paynter, daría vida a la luz de los escenarios naturales en las escenas costeras rodadas en Europa. Un Winner más europeo que nunca, del bando de cineastas tan personales como Fellini, Argento y Polanski.

Todo encaja en esta maravillosa e incisiva película con precisión matemática, cuya inteligencia y perversión les honra atender una complejidad moral sin aspavientos, que en su audacia insufla a la muerte un carácter estrictamente filosófico y casi mitológico y sexual. Y lo dicho, en mi lista de “mejor película del puto mundo” la tengo.

La gran estafa… inventada

Bendita la ocurrencia de Frank Mancuso, Jr. de querer desmarcarse del largo historial de slashers derivativos que se imponían en mitad de los 80, tal vez, siendo consciente de que él mismo contribuyó a engrosarlo y convertirlo en un mercado rentable pero sin ideas produciendo la mayoría de secuelas de Friday the 13th. Así, surgió la idea (esta vez, una de verdad) de hacer una aguda sátira del slasher cargándose, uno por uno, los mecanismos fundamentales que hacen funcionar al subgénero para pervertir el concepto del mismo y, a su vez, formar parte de él con partidismo y respeto, relativo respeto. April Fool’s Day rompería moldes e indignaría a más de un 90% de aficionados al ritual de cuchilladas, asesino implacable y víctimas desmembradas del cine de terror adolescente yanqui. En otras palabras, e independientemente de la respuesta comercial que obtuvo, el invento funcionó de puta madre.

Mancuso, Jr. fue tremendamente perspicaz e imprevisible. Escogió a un par de cineastas novatos ligados a géneros muy distintos. El guionista, Danilo Bach, se acababa de embolsar una generosa cantidad de royalties por su libreto de Beverly Hills Cop, mientras que el director, Fred Walton, hizo lo propio con su opera prima, la cojonuda, abracadabrante When a Stranger Calls, pero unos años más atrás, en el 79, para ser exactos. Juntar a estos dos tíos tan, a priori, distintos, supuso un gratísimo acierto. Bach parece divertirse destrozando convenciones del cine terrorífico con adolescentes a golpe de bromas y burlas literales, Walton, en cambio, se toma muy en serio su papel. Proyecta todo su talento y dota del mayor suspense a cada momento que así lo requiere, disimulando el gran (pero coherente) timo que prepara el guión en su clímax y, por lo tanto, manipulando al máximo las expectativas del espectador, y a fe mía que lo consigue de lleno.

A April Fool’s Day se la conoce bien como el supremo corte de mangas a todo un paradigma de los 80 en la industria cinematográfica, el slasher, y con él, a toda una generación de aficionados, mayormente, adolescentes. Le llovieron toda clase de palos. La broma, pensaron, fue llevada demasiado lejos. Pero Mancuso, Jr., Bach y Walton no creo que esperaran que público y crítica reaccionaran igual, y menos aún, igual de mal. Acusaron a la obra de sumamente absurda y alarmantemente poco original, cuando la lógica de sus propósitos es total y aplastante, siendo esa misma lógica una de las mayores diferencias respecto a otros slashers prototípicos de la época, y su originalidad se hace tan evidente que el fan reverente no encuentra más remedio a su ridículo y pueril enfado que molestarse. De hecho, April Fool’s Day es el slasher más original de los 80, en el distintivo sentido de que ningún otro se atrevió a hurgar en su ombligo con tal rotundidad.

Y digo más, se atreve a remover la mierda de los tejemanejes íntimos del adolescente de clase media para añadirlo al minucioso embolado como un elemento de elaboración más, y se queda tan ancha: bromas sobre abortos no deseados y muertos en accidentes de tráfico y, cómo no, los sustos previos al falso asesinato, que, por cierto, ninguna de las falsas víctimas saben que lo son hasta que son atacadas, o sea, hasta que dan por hecho que van a morir, lo cual da pie a un montón de escenas espeluznantes e inquietantes, desde luego, obra de un Walton en estado de gracia, que une tempo personal, uso experto del formato panorámico (2.35:1, imprescindible verla con su relación de aspecto original, algo de que, como era costumbre, la televisión y el VHS nos privó) y escaramuza sangrienta formando un terceto técnico-narrativo perfecto (ojo a la escena de la serpiente, el susto del cadáver flotante bajo la cabaña y la chica chapoteando entre un montón de miembros humanos despedazados en el fondo de un pozo, escena esta última sacada directamente de Phenomena, que a mí me la supieron pegar estos, pero hasta cierto punto).

Miro a esos aficionados que todavía se empeñan en descalificar esta fabulosa comedia sobre la ponencia del miedo por los mismos motivos obsoletos de siempre con cierto despecho, convencido de que no han entendido nada y que la película los rebasa, convencido de que el discurso metalingüístico de ésta requiere mentes abiertas, limpias de rabietas y prejuicios, que encajen la coña y la vean como la más brillante, atípica e inteligente del cine de terror de los 80, aunque, también es cierto, es la única. Deberían sentirse orgullosos, no molestos. La película nos engañó, por supuesto que lo hizo. Nos fue infieles a nosotros y al slasher terrorífico y cruel que sugería. Al fin y al cabo, de eso mismo se trataba. Pero recordémoslo siempre, el engaño, la infidelidad o como quieras llamarlo, en realidad, no es tal; su coherencia interna lo delata.

Otra gran película de terror sobre “engaños” y juegos referenciales deconstructivos, quizá, la única que se limita con firmeza y sapiencia a este concepto junto a April Fool’s Day, es la más o menos reciente The Devil’s Chair, una maravilla sin parangón de la que ya os hablaré en futuras entregas.

Un golpe de mala suerte

¿Es el “Donkey Punch” (el golpe del burro) considerado un mito por ser una práctica sexual extrema cuyo riesgo de parálisis o muerte en la persona a la que se le emplea está penalizado duramente por la ley, sea dicha práctica consensuada o no? Eterna cuestión. Consiste en dar un golpe de gracia en la nuca de la persona que está siendo tomada, por delante o bien por detrás, más comúnmente, esta última opción, justo en el clímax orgásmico del coito. Se dice que el espasmo involuntario de quien sufre el golpe consigue proporcionar la corrida del siglo al domador. Si las meras contracciones musculares de los orgasmos anal o vaginal ya son un chute de placer extra en la picha, imaginaos lo que puede dar de sí un violento espasmo mortal durante un coito.

Sea una retorcida leyenda urbana o una muy real pero sigilosa práctica, tiene el nombre de la mejor película de terror humano y de uno de los dramas más chungos del año pasado, un Donkey Punch directo al córtex cerebral del espectador. Lo primero que se ha de hacer ante esta brillante película sobre el microcosmos emocional del bajo instinto y sus contraindicaciones, es obviar su aparente moraleja arraigada con demasiada facilidad al cine de terror enfocado bajo un prisma realista: chicas jóvenes e ingenuas rendidas a los encantos de unos desconocidos, igualmente jóvenes e ingenuos, que les prometen jolgorio a lo loco (drogas duras y sexo en grupo grabado en video) en un yate de lujo. Todo acaba en tragedia, claro. Eliminado este prejuicio, lo expuesto es una inteligente e imprevisible disección casi matemática de la complejidad idiosincrásica y subconsciente de unas personalidades dispares pero profundamente conectadas envueltas en un marrón en el que debe, forzosamente, sobrevivir el más fuerte.

No es una costumbre demasiado bien cultivada que en el cine de terror se base el germen narrativo de las acciones en las presiones psicológicas de unos personajes con un fin último, defenderse de ellos mismos y sobrevivir a cualquier precio, situación en la que el egoísmo, la traición, el miedo y la paranoia campan a sus anchas. No es fácil esto si partimos de una serie de personajes, en primera instancia, inocentes, porque aquí no vale el ejemplo o la referencia de clásicos del aledaño naturalmente psicópata como The Texas Chain Saw Massacre o The Last House on the Left, ni tampoco de la no menos clásica Reazione a catena, hiperbólica y perversa sátira de la codicia donde víctima y verdugo eran la misma cosa.

Así, Donkey Punch es una rara avis en el drama terrorífico finisecular, que por lo terrible de su premisa y posterior desarrollo; su brutal nervio narrativo; su excelente y tensísima realización; su verosimilitud en las interpretaciones (sobre todo las de ellos) y su materia prima esencial argumentada más arriba, supera a otras muestras de terror amartillante y desmoralizador recientes como Wolf Creek, Shuttle o esas dos más que no están nada, nada mal y con las que comparte mismo espacio reducido, claustrofóbico y aislado, Open Water y Open Water 2: Adrift.

Patología de mentes y carnes corruptas

Imagen del obsceno prólogo grabado con video-cámara de la amoral y enervante "Pathology"

A estas alturas, confesar mi admiración incondicional y profunda hacia Neveldine/Taylor, el dueto de cineastas hollywoodienses mejor dedicados a la exploitation rastrera y mordiente de primer orden de la actualidad (tal vez sean los únicos que han sabido fraguarse un terreno en estas lides junto a otros dos o tres que me sé), no es una confesión. Es una exhibición de sentido común en la reafirmación de mis apelotonados credenciales culturales. Neveldine/Taylor son, aparte de creadores de nuevas corrientes subalternas de un cine de acción sucio, sin miramientos ni sentido de la decencia (a la apabullante carta de presentación de la pareja, Crank, su muy superior y gloriosa secuela, Crank: High Voltage, y a la subversiva Gamer me remito), el genio detrás de Pathology, uno de los thrillers de hospital más perturbadores, inteligentes, sórdidos, enfermizos, oscuros y terribles que se han hecho jamás, y me he dejado unos cuantos adjetivos más por el camino.

Pathology fue un libreto que el dueto escribió y produjo de acuerdo al talento como director de unos de sus amigos, el alemán Marc Schoelermann, y creedme cuando os digo que los resultados del trabajo terminado no responden a formalidades ni a trilladas convenciones de manual. Es una pequeña obra maestra del oasis pérfido pero racional y la depravación moral, una ruda, peliaguda, implacable y esquinada reflexión sobre la animalidad humana y la perversión. Presenta a un pobre diablo, joven, guapo, perspicaz y culto, que sigue las castas normas de la sociedad burguesa y acomodaticia, comprometido con un coño pijo y cursi y con un gran porvenir por delante, en suma, con una vida vacía, insatisfactoria y aburrida, pero si hay algo interesante que realmente reconforte una mentalidad brillante como la suya, es sacar a pasear con regularidad a la bestia parda y reprimida que anida expectante en su interior, perro sabueso del subterfugio borderline que, paso a paso, muerto a muerto, ayuda a definir composturas y darles maligna entidad.

Nos encontramos en un hospital de medicina forense, cuna de la sabiduría del secretismo postmortem, con los estudiantes más privilegiados del negocio de la muerte, y ya se sabe, hay quien de bromear con cadáveres, jugar al Sherlock Holmes forense, follar entre autopsia y autopsia, pasa a cargarse a gente de formas extraordinariamente rebuscadas y formar un club donde averiguar cómo, cuándo y por qué se ha asesinado a la víctima; la paja definitiva de los estudiantes de medicina, vamos. Una vez cruzada esta línea, tarea que atiende a motivos fascinantes (ninguno, porque la vida apesta y son tantos los bultos que la pueblan que por deshacerse de unos cuantos nadie va a notar la diferencia), no hay límites: follan, se regodean en la insania homicida, se chutan mierda y fuman pipas de crack durante el proceso del juego, porque así es como lo ven estos zánganos del bricolaje humano, como un juego, y lo que es más, como un arte sublime capaz de trasvasar cualquier barrera moral, social o profesional.

Pathology no gustó demasiado en este país, poca gente interesada en hincarle el diente y pocas críticas encima, imbéciles, muy desganadas o mal encaminadas. No tuvo una distribución comercial decente y aquí fue relegada al mercado del DVD, a pesar de contar con una estrella juvenil en potencia en el reparto, el televisivo Milo Ventimiglia, pero comprendemos que su falta de decoro no es precisamente franqueable en según qué ámbitos, porque, desde luego, es una película incendiaria, descabellada, demente y nihilista como ella sola, desprovista de ironías fáciles o amables. El tiempo la colocará en su sitio, no obstante.

Con decir que su siniestra, mórbida, inusitada y compleja corrosividad deja al brutal Crash de Ballard (y al de la película de Cronenberg, igualmente brutal) y a la sobrevalorada y aparente Fight Club (está de brutal sólo tiene su agresividad visual) como comedietas Disney para toda la familia, debería bastar para que si, por un casual, la comparamos con otros thrillers terroríficos y paranoides de hospital como Macchie solari y Anatomie (un par de joyones europeos de distintas épocas pero remotas inquietudes muy reivindicables. De paso, y sin salirnos del tiesto, recomiendo la reciente Autopsy, en una vena más malrollero-festiva y de terror absurdo, pero malintencionada y gore en las porciones deseadas) comprendamos que es prácticamente imposible que tenga igual o similar, aunque respete la estructura y los códigos narrativos elementales del cine de suspense clásico.

Prólogo precréditos antológico, currote machaca, sobrio, escabroso y preciso de Schoelermann tras las cámaras y un guión, que no lo he dicho, impecable narrativamente, minucioso, culto, degenerado, desinhibido y expeditivo, que confirma a Neveldine/Taylor como fieles exponentes de un cine decididamente transgresor, renovador y a la defensiva de nuevas generaciones de cineastas perdidas en la somera o en el calor de los abrazos al convencionalismo trepa. Esto si deja a uno el cuerpo fino, hostia.

Esto sí es Halloween

Ha vuelto a hacerlo, joder. Recordemos, Rob Zombie fue capaz de rehacer el principal promotor del slasher en los 70 y 80 soliviantando su imaginería personal y transgrediendo la mímica con Halloween, y ahora, qué duda cabe, consigue su obra más lúcida, compleja y singular con la secuela directa de aquella, Halloween II, radical, extraordinaria y psicótica obra maestra que envenena todo aquello que discierne, induce, muestra y siente. Probablemente, la película de terror duro más intensa e impactante de la década.

Si bien la violencia y el retrato de la disfuncionalidad familiar encuentran aquí su plasmación más perfecta y verista respecto a las anteriores obras de Zombie (y a cualquier película de terror de hace decenios ya), la extensión de su abanico de posibilidades estéticas y psicológicas le permite dar forma a una brutal y desbocada cruzada entre estreses postraumáticos, alucinaciones satánicas absurdas y obsesiones demenciales que es traducida en un aura de puro cine fantástico y sobrenatural que le debe tanto a los enunciados de Aleister Crowley como al onirismo ocultista y pesadillesco de Keneth Anger, sin desentonar con esa casuística de drama fronterizo y puro gótico americano que caracteriza a Zombie.

La lógica de la existencia de esta segunda reinterpretación de los ornamentos del clásico de Carpenter no podía ser más acertada y colindante con nuestros tiempos: empuja al cine de terror a seguir adelante, obligándole a no echar demasiado la vista atrás e insistiéndole en que los miedos y las penurias más viscerales y cercanos provienen de nuestra mente, el más letal de todos los depredadores. No hay aquí héroes o heroínas, sólo caminos que llevan a la angustia, la locura, la histeria, la muerte y la desesperanza, que emergen cíclicos y esconden los secretos del delirio y la insalubre, como así lo asevera explícitamente la película, tan profundamente personal y única como se pretendía, por cierto.

Su veracidad ultraviolenta y dramática no será del agrado de la mayoría, pero su sordidez, sadismo extremado y terror crispante es ya sólo plato reservado para muy pocos. Es, además, la primera película de terror que plagia una escena entera a Psycho sin perder coherencia ni terciar el rumbo, fuerza o capacidad de sorpresa. Ojo a ese soberbio final abierto que vaticina una tercera parte que esperemos mantenga el nivel y a Zombie tras las cámaras, aunque esto último aún está por decidir. Y destaquemos, también, a los intérpretes principales de esta genial Halloween II, todos excelsos, qué digo, maravillosos: Scout Taylor-Compton, Danielle Harris, Malcolm McDowell y un inmenso Brad Dourif.

Mal Nadal

No por perturbadora y terrible, la visión corrupta y dañina del concepto de espíritu navideño que esconde Silent Night, Deadly Night debe ser menos honesta y purificadora para, pongamos el caso, el tierno infante. Este tipo de traumas infantiles preparan a uno para un bautismo de fuego o un desvirgue a lo bestia respecto a ciertas fantasías ortodoxas impuestas por la sociedad de consumo, y el mejor modo de alertar sobre la farsa y disuadir para que no se caiga en la trampa es ver una película donde Santa Claus sea un caco armado en busca y captura que asesina a sangre fría a un matrimonio delante de los hijos de éste en los primeros minutos. Sí, sí, que tengo una güija y me he hecho colega de Freud. Pero ahí no puede acabar todo, no con este mero tentempié:

Santa Claus es también un adolescente traumatizado por la muerte de sus padres a manos de Santa Claus; Santa Claus es también un psicópata desquiciado que pasa a cuchillo a todo el que se le ocurra celebrar la navidad y creer en él, porque así le es más fácil matar; Santa Claus es también un pobre crío internado en un colegio de monjas al que se le putea con severos castigos y se le restringe hasta querer tomarse un Cola Cao calentito porque cosas así pueden llevarle al pecado de la lujuria y el fornique; Santa Claus es también el hermano del asesino y puteado Santa Claus que está deseando crecer un poquito para seguir los pasos de su hermano, que mataron delante suyo, por lo que debió de pensar que ya estaba bien tanto cargarse a sus familiares en sus narices.

La mítica presentación del principal suplente del Santa Claus malo:

Fue uno de los slashers yanquis más polémicos y recortados de los 80. Polémicos porque causó la furia de colectivos cristianos, que se lanzaron a la calle a protestar contra lo que definieron una de las mayores y más ofensivas calumnias dirigidas al Señor y sus inocentes festejos de invierno. Recortados porque en aquél entonces la MPAA se creía Censurator y no podía tolerar los excesos de sanguinolencia, ¡y menos en Navidad y protagonizados por Santa Claus, caray! Vista y revista la versión UNCUT de la película, declaro mi devoción hacia ella. No pasan unas navidades sin que me ensucie con sus injurias a la moral puritana, me deleite con sus intenciones comerciales sacadas de contexto ético y me enamore de su rabiosa erudición de perversión gratuita y sin límites (una de las escenas censuradas no tenía nada que ver con sangre, violencia o sexo, por ejemplo, mostraba a un abuelo en estado catatónico en un manicomio que, milagrosamente, después de varios años en dicho estado, recobra la conciencia y el habla y le relata a su nieto, brevemente y en tono entre afectado y demente, lo podrido que está el mundo y el peligro inminente que corre en él).

La susodicha escena:

La moraleja es universal y le funciona a distintos niveles: cría cuervos y ellos te sacarán los ojos. Su relevancia (sobre todo lúdica) es también importante: Santa Claus blandiendo un hacha y cepillándose con él a un montón de gente, cuanto más joven y menos ropa lleve encima, mejor, pero por si esto fuera poco, que no lo es, provocó una oleada de secuelas a cada cual más marciana y menos relacionada con la idea original, entre las que destacan… lo confieso, todas, me encantan todas, especialmente la segunda (Silent Night, Deadly Night Part 2) y la cuarta (Initiation: Silent Night, Deadly Night 4), ésta última ya bajo la personal batuta de Brian Yuzna.

Jocoso final de la primera secuela, película que ya empieza a ser reivindicada como se merece:

Como diría mi colega el Guardián de la Cripta, que paséis una horropilante y criminal Navidad, asesinéis a vuestras familias, os rajéis la campanilla con el turrón duro y os atragantéis con los polvorones… Bueno, quizá mi sentido del humor sea aún más retorcido que el del simpático bichejo de Tales from the Crypt”.

Ah, y que no se os olvide darle los buenos días al vecino y tirar la basura todas las mañanas. Es la mínima hospitalidad que espero de vosotros, amigos:

Mis diez del 2009

Clanes de monstruos deformes y miserables salpicándose de mierda, sangre, semen y vómito; duelos entre villanos y héroes de chatarra demoliendo rascacielos a su paso;  zombis dificultando reyertas entre polis, cacos y familias en un París apocalíptico; antihéroes eléctricos dando cuenta de todo tipo de bandas organizadas y follando en los lugares públicos más insospechados; hombres del saco reciclados que vuelven más fieros, amorales y abstractos que nunca; polis corruptos que se descojonan del fatalismo y lo encajan sin redenciones; gente que sabe reírse de sí misma y de los que la rodean; seres humanos contemporáneos que siguen los códigos salvajes de la prehistoria más perversa; guardias de seguridad que se machacan a sí mismos hasta conseguir encontrarse en un montón de mierda;  y la locura hecha a imagen y semejanza del mejor destino para la raza humana: la muerte violenta:

1-Hanger

2-Transformers: Revenge of the Fallen

3-La horde

4-Crank: High Voltage

5-Halloween II

6-The Bad Lieutenant: Port of Call – New Orleans

7-Funny People

8-Offspring

9-Observe and Report

10-Perkins’ 14

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