La crítica cinematográfica, artística o cultural

La crítica es el enjuiciamiento de un hecho productivo o reproductivo, hecho con un criterio totalmente periodístico, y tomando como parámetros los del arte del que se trate, sobre la base de unos conocimientos, experiencias y comparaciones, y mantenidos con el valor que emana de la confesión de una opinión subjetiva.

Hans-Heinz Stuckenschmidt

Son varias las cuestiones que componen la crítica cinematográfica, como toda crítica de arte o pensamiento racionalizado, pero sólo un par de ellas la valida y ostenta: el sentido del criterio y ambicioso rigor cultural del crítico, que no, necesariamente, la personalidad de éste, en caso de hallarla, porque de nada puede servirle a un lector, sin baratos y estúpidos convencimientos previos, una crítica basada en la apatía de su autor, en sus gustos obcecados en detrimento de su disgusto con la obra criticada. Aportar los datos necesarios y adecuados para formar una crítica o adjetivar una opinión generalmente indocumentada o condicionada por factores externos prescindibles en el juicio del crítico tampoco son signos de estar haciendo crítica real que les sirva de nada a los lectores ni al autor mismo. Los distintos niveles de subjetividad  en la crítica se sustentan, principalmente, en la personalidad del crítico, de acuerdo, pero no (y volvemos a la apatía) en injustificados y precipitados berrinches o en tópicas e impersonales alabanzas a obras canonizadas hasta el aburrimiento o por motivos a veces discutibles.

El disgusto sin sentido de la perspectiva histórica o contrapuesto, o negado, al valor intrínseco de determinadas corrientes que sobrellevan la obra criticada, no es crítica, es opinión obtusa, justificada en necios, pero no en críticos cinematográficos auténticos, profesionales o no. Este podría ser el caso del nefasto y forzado polemista de baratillo Carlos Boyero, que en una ocasión llegó a afirmar que George A. Romero, poniendo como ejemplo ese viejo y tan equivocado calificativo a Ed Wood, merece un puesto de peor director de la historia del cine. Tan desastrosa y gratuita afirmación venía dada, en gran parte, a que Survival of the Dead (lean mis impresiones sobre ella) compitió en la sección oficial de la 66ª Mostra de Venecia. Boyero no ocultó su impulsivo y tonto desprecio hacia el nuevo Romero declarando la vergüenza que le suponía ver “una mierda de película de zombis de bajo coste dirigida por el peor director de la historia” compitiendo en un festival donde sus corresponsales de prensa son, en su mayoría, de su especie: zopencos amargados, desgastados, prácticamente inútiles, y cortos de miras. Pero también existen críticos que no siguen directrices personales o intuitivas, por insulsas e insignificantes que éstas sean: la estéril objetividad u, otra vez, pero de modo distinto, la incompetencia subjetiva.

El punto de vista del cinéfilo carca, del amigo del correctísimo academicista (la superficialidad del irritante periodismo académico), del discurso rancio y obsoleto, es siempre atrevido por carecer de herramientas que lo integren en el debate de la evolución natural del cine década tras década, en subyugar nuevas formas y corresponder a la lógica del cine como arma de filo múltiple creciente y constante, para bien o para mal, no por señalar con el dedo a ciertas tendencias de un cine heterodoxo, independiente o rabiosamente comercial con falsa soberanía y prepotencia atontada. Se le resisten todos los géneros cinematográficos y sus diferentes patrones estéticos, narrativos o conceptuales, en definitiva, sus diferentes formas de mutación. Sácalo de su esquema y se negará a ello. Continuará con él y, lo que es más, lo aplicará a conceptos que le son por completo ajenos, como considerar a The Last House on the Left y Lucifer Rising pésimas películas por oponerse a la sofisticación visual y técnica elemental y primeriza de las épocas doradas de Hollywood de los años 30 y 40, tiempos de los Welles, Curtizs, Hitchcocks y Mankiewiczs de rigor, cuando tanto la película de Wes Craven como la de Kenneth Anger pueden pasar por perfectos hijos de la espontaneidad y volubilidad formal o la impetuosidad emocional y conceptual  de las primeras películas experimentales de Carl Theodor Dreyer, Jean Cocteau o Luis Buñuel, cineastas de los que dudo que el arquetípico crítico al que me estoy refiriendo entendiera las principales características y motivaciones de sus obras, relegadas a manías e inquietudes casi o de lleno parafílicas, razón de más por la que crearon escuela, como en su día también lo hicieron Wes Craven y Kenneth Anger.

No es de extrañar que en la prensa corrupta (el 99% de la prensa) se insulte a la inteligencia de aquellos grandes pensadores admiradores del arte y las letras que asentaron los postulados de la crítica periodística en sus ensayos. Poe, Nietzsche, Borges, Wilde o Cortázar (cito, claro, los que mejor han merecido mi atención), sobre todo Borges, en sus algo cargantes pero certeros Obra Crítica y Ficciones. Pero si hay un ensayo que realmente lo dice todo acerca de la crítica cultural, y en tan solo 24 páginas, ese es Acerca de la crítica periodística de las artes, del sudamericano Wálter Aníbal Ravanelli, a mí ver y para mi gran sorpresa, uno muy superior a los de los autores susodichos. Ravanelli, con impasibilidad, concisión, sana lucidez y total franqueza, descarga en este formidable ensayo verdades universales para con las responsabilidades del crítico:

Tiene que conocer su técnica, saber leer su lenguaje y tener una idea cierta acerca de su historia y la evolución de su estética.

También dedica un apartado a las diversas clasificaciones de la crítica, indagando en su idiosincrasia, donde caben la analítica o académica, la impresionista, la periodística y la patológica. Pero para no hacer este artículo eterno, me centraré en la clasificación de la crítica más habitual, sobre todo, en Internet: la patológica. Según Ravanelli:

El críti­co -generalmente un profesional conocedor de su métier y casi siempre respetado en los círculos de lectores cultos- reacciona violentamente ante un autor, una obra o los intérpretes, y desen­cadena contra ellos una andanada de adjetivaciones negativas e incluso ofensivas. Bien puede tratarse de un rechazo a un autor o a una escuela artística, o a un intérprete o un estilo interpre­tativo. El crítico en este caso se olvida de lo que sabe y de lo que tiene que escribir, y enjuicia casi sin fundamentos, o con fundamentos demasiado personales cuya lógica se explica sólo internamente. (Por supuesto que también se habla de patología crítica cuando se trata de alabanzas igualmente desmedidas e infundamentadas. Es más raro, salvo que se dé el caso de una falta deontológica grave, ocasionada por intereses espurios -general­mente económicos, y a veces personales- que se mezclan a la labor periodística).

Soberbia sentencia que no deja títere con cabeza y señala sin aspavientos las conveniencias del sector profesional. Boyero sería un buen ejemplo de ello. Pero señalemos también un caso reciente que a mí no deja de parecerme tan insípido como antipático y estúpido, el fanzine Llo lo beo a si (sucedáneo idiotizante y tontolabas del ensayo de culto Así lo veo yo, de Einstein?), modesto y perecedero pero falaz experimento centrado en la “dinamitación” gratuita, desganada, cobarde e infudamentada de mitos o costumbres artísticos que, irónicamente, han sido justamente ensalzados por rigurosas razones basadas en fundamentaciones preclaras. Llevan ya dos números, a cada cual peor y con títulos presuntamente alegóricos y progres de postín a cada cual más vergonzante, pueril y ridículo (vean la web que he enlazado más arriba).

Esta vez no se trata de la crítica a la obra artística per se, si no, mucho ojo, al arte o medio que hace a ésta posible (el primer número, sobre la literatura, no se atrevió a ser una oposición real, mientras que el segundo, sobre el cine, sí pretendió serlo, sin éxito, claro. El contenido habla por sí solo). Una patalogía, en el fondo, inofensiva, tan estrambóticos y fariseos son sus no-argumentos, que van de no corresponderse con la idea general del fanzine (algunas veces, escapándose por derroteros que glorifican abiertamente el arte que intentan atacar, con lo que un servidor no puede estar, paradójicamente, más que de acuerdo) a intentar justificarla con aberrantes injustificaciones o, directamente, con vulgares necedades que esconden un contexto terriblemente hipócrita, concienzudamente idiota.

Sus motivos son, explícitamente, encima, la triquiñuela modernista vacía, simplista, vulgar y sin cariz de estar a la contra de conceptos que malinterpreta o finge malinterpretar para estar a la contra porque sí, siguiendo la lógica de la más banal provocación. Y que servidor conozca personalmente a la mayoría de sus colaboradores, lo vuelve aún más infame a mi entender. Por último, añadir que espero haya quedado muy claro que este fanzine no es, como se pretende, en absoluto desmitificador, ya que son los verdaderos amantes de las artes que “critica” los que más escarnio pueden mostrar ante las mismas, lo que comúnmente suele llamarse sinceridad y conocimiento de causa. Un ejemplo sencillo: ya sabemos que la opinión cinematográfica de alguien a quien le traiga sin cuidado el cine, y por tanto, desconoce éste, por su manifiesta ignorancia, carece por completo de interés, valor y raciocinio.

Y seguimos con Ravanelli:

La crítica se estructurará sobre la base de un planteamiento del asunto, en alto nivel de abstracción y con inclusión de juicios de valor; le seguirá luego un análisis pormenorizado -en bajo nivel de abstracción- de los detalles que hacen al tema, a manera de material de demostración de lo que se ha afirmado en el planteo inicial, y para dar elementos de juicio que ubiquen al receptor en la idea general de la crítica, y por último se hará un resumen final, como conclusión de lo ex­puesto, nuevamente en alto nivel de abstracción.

Y es así como, fácilmente y continuando en Internet, Blog de Cine podría ser el blog sobre cine con los peores y más lerdos e inocuos textos que he leído (con el ceño fruncido y cara de espanto todo el rato) en mi puta vida. Un pestiño donde decir “el gran Raoul Walsh, describir sinopsis sacadas de la IMDB, poner un par de tópicos adjetivos y otro par de frases hechas aquí y allá lo autoriza a merecer ser leído por inocentes neófitos, vagos mentales o directamente idiotas. A su lado, LaButaca parece menos imbécil y todo. Y así podría continuar hasta la extenuación, analizando un mosaico importante de ejemplos de pésimas bitácoras sin ideas ni personalidad (al margen dejemos, claro está, a preadolescentes aprendices o a los talentos en potencia de difícil o paciente gestación), que desconocen y desconocerán la primera ley marcial para la crítica o el crítico, que han de:

dar al recep­tor los elementos de juicio que le permitan apreciar la realidad objetiva detrás de su opinión.

Moco de pavo para algunos, inalcanzable para una mayoría somnolienta.

Granja de pillastres

Un buen punto de partida merece ser siempre replanteado, sobre todo, si originalmente dejó bajo el listón. Es el caso de The Butcher, un terror gonzo coreano de rebozado inmundo y sangrientón y bella factura digital. Pudo verse en el festival de cine de Sitges del año pasado en su sección más marginal (Midnight X-treme) sin mucho revuelo, aún proponiendo una idea y una narrativa metaficcional infinitamente más atractivas, impactantes y participativas con el espectador que las de éxitos tan cacareados y sobrevalorados como Cannibal Holocaust, The Blair Witch Project o [Rec], por citar los más sonados y tramposamente bienaventurados.

The Butcher se estructura en base a su planteamiento interactivo, sujetando la narración a la perspectiva de los protagonistas, o sea, utilizando varias cámaras cuya visión es siempre subjetiva, y lo digo literalmente: depravados organizando una bacanal de torturas y mutilaciones a costa de jóvenes e inocentes víctimas en una granja de cerdos mugrienta. Ellos graban las atrocidades que van cometiendo mientras a su vez son grabados por las víctimas, que en la cabeza llevan un casco con cámara incorporada. Un simple pero muy terrible y efectivo juego de montaje alterno constante que por momentos consigue alcanzar su máxima prioridad, inquietar, angustiar, provocar el rechazo directo o bien avivar el lúdico convulso del espectador que espera más y más perrerías y mal rollo al cubo. Pero The Butcher se queda un poco a medias en todo, y eso que es innegable el empeño de su director y guionista, Kim Jin-Won, por inquirir el sufrimiento ajeno del modo menos ingenuo y más realista posible.

Veamos, durante sus un poco largos setenta y seis minutos, las distintas torturas, los improperios verbales, las escenas de canibalismo y sodomía (mayormente impartidos a un par de víctimas que son matrimonio) no brillan como sí lo hacen la inmediatez de la puesta en escena y la rudimentaria y sórdida producción artística de las localizaciones (perfectamente desoladoras, muy cercanas y sugerentes, además, sitiadas de día), tanto interiores como exteriores, y así es por la escasa imaginación que los redondean, por la falta de complemento y empaque exigidos en semejante propuesta, aunque he de reconocer que la ya obligada escena de la extracción de globo ocular es excelente y realmente espeluznante, muy superior a otras escenas similares de otras tantas películas orientales o no.

Aún así, y después de haber digerido un final que resulta tan incoherente y discrepante de la premisa inicial como satisfactorio, por motivos de esputo, emoción e impulso, esta The Butcher supone, al margen de errores, un contundente, seco y hasta diría que involuntario análisis de la perversidad y la sinrazón humanas sin las rúbricas petulantes de un Michael Haneke o la moralidad y el soterrado nihilismo de un Gaspar Noé, que deconstruye un lenguaje de puro videojuego de última generación para servirnos a los espectadores de divertido y chocante snuff postmoderno, a priori, cinematográficamente muy plausible.

Me prestaría encantado a realizar una especie de secuela occidental y mediterránea, con la excusa de la variante, en apropiarme la idea, e ir más lejos, muchísimo más lejos. Los [Rec], a la altura del betún. Pero mariconadas, ¿eh?

Villanías en la sesera

Subconscious Cruelty

Para bien o para mal, el propio título lo indica todo: Subconscious Cruelty, pero por si fuera poco, la película asienta compostura en un prólogo relativamente prometedor (una voz en off establece un discurso moral sobre la animalidad del mundo y el tupido velo que corremos ante las adversidades que nos superan y perturban, por lo que recurrimos, como es natural (o debería serlo para más gente), a un refugio seguro donde ahogar penas y canalizar frustraciones y preocupaciones de forma sana, al escapismo que nos proporciona la ficción artística, siendo ésta una débil tapadera sólo bienintencionada), aunque muestre imágenes a modo de toscas alegorías como esa tan ridícula de un pájaro muerto envuelto en celuloide. Tras los créditos, otra voz en off continua creando aún más expectativas, pero también muy relativas (nos explica la posibilidad de nulidad de la parte racional imperante en nuestro hemisferio cerebral. Si la del lado izquierdo cesa, la del derecho, asume el control, dueño del inconsciente y, según la película, de nuestros más bajos instintos).

Karim Hussain, director y guionista (y colaborador habitual en las películas de Nacho Cerdá, para más señas), hizo una aseveración muy gratuita con insinuar que las razones del comportamiento humano más infame, perverso, depravado y salvaje son debidas a la falta de tornillos, por decirlo así, pues la razón de la existencia de atrocidades cometidas en el mundo no tiene por qué seguir directrices racionales y, aún menos, deberse a fallas en la mollera; la consciencia es la que hace a esas atrocidades más consistentes y numerosas. Además, el hemisferio derecho del cerebro no es deidad maligna reprimida alguna, y tan sólo equilibra un grado del subconsciente, estando el resto compuesto por lógica, como el hemisferio izquierdo, que me he informado, caray. Sin embargo, la opera prima de Hussain se va desmarcando del camino de la filosofía científica para ir directa al grano, dándose el sinsentido merecido como experimento escatológico, pretendidamente degradador y medianamente introspectivo que es.

Editada con precisión, bien musitada y cuidada en el aspecto cromático de la foto, Subconscious… no constituye más que un dechado de imágenes simbólicas y surrealistas de cuchufleta, gore sexual (con la friolera de unas cuantas escenas para el recuerdo, como la paja a un recién castrado que se desangra mientras un muerto sin ojos le recita no sé qué pollas cristianas -¿o eran satánicas? Bah, lo mismo da-, con injertos de crucifijos y rosarios, a los que, en un ocasión, le son proyectados la sombra de una esvástica -descojonante esto-; un tipo practicándole una felación al filo de un cuchillo mientras una tipa extasiada vestida de novia sujeta éste fingiendo que es su nabo erecto; un grupo de mujeres caníbales desnudas y muy salidas comiéndose y follándose a un hombre caracterizado de Jesucristo en una iglesia y pajeándose furiosamente con intestinos fresquitos, y ya, porque la del parto y el bebe degollado es un churro que a mí me da la risa floja) y perversiones incatalogables que beben con descaro de cineastas como Jörg Buttgereit, Ken Russell, Keneth Anger, David Lynch, Alejandro Jodorowski y, qué coño, hasta de Terrence Malick. Pero la solemnidad del conjunto, sumado a la petulancia alegórica del caótico y desfragmentado imaginario obsceno (¿y religioso? ¿Nihilista?) que propone no es todo lo convincente que debía haber sido, y lo más importante, no conmueve, adormece, a menos que seas un pedestre poco exigente que gusta de polemizar la somera bien curtida en simbología escandalosa con sangre y sexo malsano de por medio.

Aún así, Hussain no es un Andreas Schnass cualquiera. La truculencia le resulta la mayor de las veces y eso le ennoblece, aunque le sirva únicamente para ser eso, truculencia, sin más, porque el supuesto poso amargo y desmoralizador de Subconscious… no lo detecto, o me deja frió; me resbalan esas aparentes implicaciones psicológicas y hasta filosóficas que están de más y no funcionan en absoluto, o me la sudan.

MicroCrítica

MicroCritic

Sospecho que la microcrítica me va a suponer un sano ejercicio de oxigenación y una toma de nuevo rumbo importante. Mientras que en FrikiTuPutaMadre prevalece el texto henchido de teorización que no teme a la longitud, en MicroCritic me propongo volcar el máximo de fundamento con la mayor brevedad posible en los artículos, como así lo exige la condición de este más que ameno blog parido por el amigo Mario Vírico, repleto de menudas pero magníficas reseñas sobre cultura mayormente impopular.

Oportunidad que se me ofrenda para solventar el hecho de mis casi inexistentes roces prosísticos con otras filias personales fuera del cine y las series de televisión, como son el cómic, la literatura, la pintura o la música. Hoy, he debutado con la reseña del potente y personal remake de la memorable Interview. No dejéis de visitar MicroCritic. Ahora es mejor que nunca.

A las zorras del mundo

En su amplitud, gloriosa, atípica y gratificante, (500) Days of Summer afina una imparcialidad emocional que divisa sutil e implacablemente la portentosa, aguda y personal disquisición masculina de su punto de vista y su condición de epopeya intencionalmente abigarrada sobre el cada vez menos socorrido concepto del romanticismo en su expresión más limpia, pura, antigua, humana y real, recordando, como escasamente lo ha hecho el cine romántico de los últimos años, a los tormentos amatorios del clásico romanticismo inglés del siglo XVIII canalizados en la poesía y la literatura.

No puede decirse que la película sea el retrato de un amor no correspondido. La simpleza de un argumento así, sin más, carece por completo de interés. Al menos, a mí, me parece un timo y una mongolada. La disidencia de personalidades y los varios factores en juego que acaban poniendo en su lugar a las relaciones de pareja sensatas, no son el tema a tratar aquí, principalmente, porque (500) Days of Summer trata de las clarividencias de una relación de pareja insensata, víctima del execrable, cínico y nublado carácter de la mujer postadolescente moderna, que confunde libertad e independencia con deshumanización, egoísmo y frialdad robótica.

Lo que los guionistas Scott Neustadter y Michael Weber y el director Marc Webb (los tres debutantes en el largo) nos revelan aquí es un subjetivo pero sincero y universal canto a la pesadumbre del mártir romántico por antonomasia, del hombre roto, traicionado, manoseado y manipulado al libre antojo de la (insistamos) mujer aprovechada pero sentimentalmente desmañada, caótica, egoísta, más ingenua que fría y todo lo confusa que un hombre es capaz de interpretar de primera mano, cual dibujo de la femme fatale que logra sus maquiavélicos designios con sus encantos, atacando la fragilidad sentimental del hombre enamoradizo y reventando de golpe y porrazo cualquier aproximación a lo racional. Sentencia que respalda la brillante y decisiva introducción por escrito de la película, declaración de intenciones y principios sin trampas ni ironías:

NOTA DE LOS AUTORES: Lo que vais a ver es una ficción.

Cualquier parecido con personas vivas o muertas es pura coincidencia.

Especialmente para ti Jenny Beckman.

Zorra.

Esto, sumado al ente narrador que desmiente historia de amor alguna en el entramado, sienta las bases sobre la tónica que va a reposar hasta el último segundo en la película. El personaje de Joseph Gordon-Levitt (sublime, fuera de serie), prota absoluto, está enfocado expresamente para hacer ver al mundo que las Summers (o Jenny Beckmans, o el nombre de alguna de tus no-novias, en la película, con el bello rostro de una excelente Zooey Deschanel) del mundo no se deben a las divergencias de rigor entre parejas recientes o a la mala obra o imaginación convaleciente del no-novio que se sabe puteado y maltratado. Las Summers son una realidad, aunque una insondable, y no reflejan el astro de la mujer para encasillar a ésta, qué va. Tal cosa daría lugar a la misoginia. Y (500) Days of Summer no es misógina, para nada. Es mucho más que eso.  Es realista, sabia, equilibrada, valiente e inteligente. La misoginia es testaruda, maniquea, doliente y hasta reprensible; la mordacidad, culta, fiera, subversiva y despreciativamente veraz y honesta, y (500) Days of Summer pertenece a las características de este último apelativo en cuerpo y alma, no teniendo nada que ver con las del primero.

Una interpretación ligera, desganada, esquiva y nunca involucrada, puede ver (500) Days of Summer como otra al alimón del cine independiente yanqui liderado por Hollywood, asegurando que sus referencias continuadas pero medidas y coherentes a la cultura pop pretenden servir de reclamo publicitario para hacerse con determinado tipo de público. Qué falsedad y qué frivolidad. No sé si las no-novias (que no follamigas, cosa que no descifraré jamás al no encontrarle ni puto sentido y porque, sobre todo, lo considero tonta jerga de liberal pusilánime) son un caso demasiado habitual, pero la identificación con Tom Hansen (el personaje de Gordon-Levitt) es profunda, total y absoluta en lo que a mí experiencia personal concierne (me recuerdo diciendo frases prácticamente exactas a las de Hansen, de lado dejemos las filias musicales de éste, y su curro, la ropa, las borracheras, los karaokes y la hermana pequeña. Y ya somos…).

La chica que te folla, mima, acaricia, parece respetarte, te coge de la manita con inusitada ternura en momentos de total intimidad y te dice repetidamente que le gustas, mirándote fijamente a los ojos, como flotando en una nube rosa y deteniendo el tiempo (¡uff, pero qué digo!), así como confesándote intimidades aparentemente inconfesables, es muy capaz de no unir semejantes reacciones químicas a esas otras restantes que realmente valoran su instinto y a lo que se atiene, rompiendo inesperadamente la lógica de las consecuencias y toda ilusión palpada.

Desde el mínimo pero genial número musical que advierte la fase de agilipollamiento de una persona recién colgada de alguien, el original y entristecedor split-screen que compara expectativas con realidad y el consiguiente plano general con el chico, cayendo en un breve abismo a través de una ilustración sobrepuesta y animada , hasta los maduros y expertos consejos de una niña inmadura e inexperta, (500) Days of Summer posee infinidad de rasgaduras sobre las que se definen el idilio, por un lado, y la cruda realidad, por otro bien distinto. Así, Summer boicotea la posibilidad de dejar a la relación que se trunque justamente  por no querer hacerle ver la realidad a Hansen, y lo hace dando falsas esperanzas, manipulando, todo a ojos de un espectador que no debería perder detalle, por mínimo que sea, para que tal vez así vea lo que realmente le están contando y no lo que quiere que le cuenten. Resumiendo, Summer es una GRAN PUTA ZORRA, y la idea inicial (explícitamente representada en la citada introducción. No me estoy inventando nada, por lo tanto, tú tampoco deberías hacerlo) de la película era mostrar eso con una ruptura de la relación mezquina y gilipollas donde el chico tiene (más o menos) al toro cogido por los cuernos, quedando ella como una imbécil que sueña poco y mal y él, como un chico ya encallecido lejos del pringao infeliz de turno, sin rencores gratuitos ni lecturas resquemadas, pero con su muy buena ración de bilis (maravillosa la analogía de lo casual y lo sobrenatural con ese radical intercambio de emociones y teorías entre la “pareja” maltrecha hacia el final).

Es verdad que (500) Days of Summer no incurre en los oscuros recovecos de la pesimista, modélica y magistral Two Lovers (muy mal distribuida. ¿Qué pasa? ¿Faltan cojones para hacerle honores comerciales a esta puta obra maestra? ¿Es ya demasiado, hijos de puta?), pero tampoco lo pretende, y que su discurso del romanticismo y la “feminidad malvada” (el entrecomillado es por la ambigüedad –estupidez, más bien diría yo- de la personalidad de este tipo de personaje femenino, que por un lado es honesto y por otro, completamente deshonesto y cruel) ya tocó fondo con anterioridad en la demoledora, exquisita y sin embargo incomprendida Bright Lights, Big City, pero su ambición supera con creces al también magistral díptico romántico de Linklater, Before Sunrise y Before Sunset, ya indicada en los días de relación entre Summer y Hansen del título. Una pequeña obra maestra de lo melancólico, más allá de clichés, sin desazón pero tampoco sin esperanza (Hansen ya ha aprendido muy bien la lección y redefinido el concepto de esperanza), necesaria, purificadora, éticamente flipante e imprescindible, que le guiña un ojo al mejor John Hughes para luego metérsela doblada a éste y mostrarle el lado oscuro de los cuentos de hadas y es, en última instancia, especialmente útil para restregársela a las zorras del mundo con la seguridad de quien ha dado a éstas el repaso intelectual (y sentimental) del siglo. Esa es su finalidad. De nosotros para ellas. ¿Alguien dijo comedia romántica?

Romano y barroco

Nightmare

Tom Savini pilló un buen mosqueo cuando la divulgación de su participación como supervisor de efectos especiales en Nightmare (también Nightmare in a Damaged Brain o Blood Splash, y aquí conocida como Pesadillas de una Mente Enferma y Pesadilla Mortal en sendas ediciones censuradas en VHS) fue más y más acrecentada hasta convertirse en un chisme fraudulento que convirtió, a su vez, a Savini en responsable absoluto de los Fx para rentabilizar la promoción de la película, surgiendo así un nuevo mosqueo, el de Ed French, auténtico responsable de los Fx, unos realmente buenos que reforzaron el engaño comercial sin sospechas.

A principios de los 80, Romano Scavolini llegó a Estados Unidos en el momento del auge del slasher, el látex y las vísceras de pega. No parecía contentarse con probar suerte en el mercado con un slasher al uso, quiso destapar sus raíces latinas y caracterizó al subgénero de las cuchilladas norteamericano por excelencia con una obra única en su idiosincrasia: amaneró un guión absurdo y demencial y se empeñó de verdad en filmar las escenas del chapoteo truculento de la sangre y las mutilaciones con todo lujo de detalle, dejando la narración, los personajes y aspectos técnicos como la iluminación en un segundo plano prescindible. El resultado fue un giallo sórdido y gratuito parido en las Américas y prohibido en el Reino Unido (una de las tantas cintas que pasaron a engrosar la mítica lista de las video nasties) por su excesivo regodeo en el gore (la película es un prodigio en este aspecto) y utilizar gimicks escabrosos al estilo H.G. Lewis en el estreno comercial, como regalar bolsitas para vomitar con la entrada y organizar una especie de encuesta para adivinar el peso de un cerebro humano en un potito (!!).

Savini no quiso que la sangre salpicara más allá de lo que ya salpicaba y no demandó a los productores. Quedó todo en un tirón de orejas. Pero hablemos de Nightmare, de por qué me sigue fascinando después de ver por segunda vez su versión UNCUT, con toda su irracional brutalidad sanguinolenta y su casi mortal aburrimiento (dicha versión no sólo incluye la explosiva y reconfortante totalidad de los geniales Fx de Ed French, también algunos pasajes idiotas de diálogo y tiempos muertos soporíferos). Porque Nightmare es indecible, incongruente, enferma, chunga, fea, so cerda, amoral y anormal.

Scavolini es un buen tipo, me cae bien, el hombre, en serio, pero admitámoslo, está como un cencerro. Podría decirse que Nightmare es tan personal como el resto de obras de su director (ver su web que he enlazado más arriba). Él escribe y dirige esta infamia como encerrado a cal y canto en un geriátrico, y en ella, ridiculiza in extremis las instituciones mentales del mundo y las drogas experimentales para dementes psicópatas aquejados de esquizofrenia y demás enfermedades como la epilepsia (¿o aquí era la rabia?) con una excusa argumental que no es de este mundo y convirtiendo en depravada y enfermiza parodia sin gracia el legado de Michael Myers, un angelito comparado con el malo de Nightmare.

El negativo original con el que se han realizados todas las copias de la película está hecho una puta mierda, plagado de pelo, grano y vete tú a saber qué más. Textura güarra esta que degrada y pervierte la imagen en consonancia con las toneladas de enfermedad general que rebasa la película por todos sus costados. Como en otras muestras de terror tremebundo y subterráneo de la época, palo Night of the Demon, Maniac o Don’t Go in the Woods (no por casualidad, también video nasties), Nightmare se subraya concienzudamente a si misma en el gore directo y avasallador, elemento vitalicio con el que Scavolini despliega la maestría de la que carece en sus otras ocupaciones directorales. Una absoluta maravilla en forma de largos y repulsivos asesinatos, que recogen el testimonio de los mejores Lucio Fulci y Joe D’Amato (más que los de Mario Bava y Dario Argento), siendo esa sensibilidad estrictamente italiana la que hace destacar a este despropósito sin ningún sentido de la medida ni de la decencia a cualquier nivel, que además cuenta con un minucioso montaje, dirigido únicamente a estas escenas de sangre enviciadas que insiste e insiste en mostrar la posición que asegura el ángulo más explicito, por medio de ralentizaciones y planos repatriados que aparecen en el mejor y más oportuno momento, como mandan los diferentes estilos estéticos del cine de horror italiano reconocido en el barroquismo. Pocos (o no los suficientes) directores actuales se atreven a representar las maneras y la desvergüenza del Roman Scavolini de Nightmare. Necesariamente han de estar tan locos como Rob Zombie o Adam Mason.

Os muestro las carátulas de las tres ediciones en DVD extranjeras de la película. Hay una que contiene el metraje original íntegro, otra más dialogo que sangre, aunque también dice ser íntegra, y la restante, ni puta idea:

Qué haceres en Halloween

Halloween 2 (Rob Zombie, 2009)

Rara vez, prácticamente nunca, me veo disfrazado en una de esas fechas señaladas que te predisponen a ello. Aunque costumbre puramente americana, y a diferencia de los polivalentes carnavales, más nuestros, Halloween me merece el respeto y la oda por ser la única fecha medio pagana y ceremonial especializada en los espantos y la casquería, y por dar origen a ese precursor inabarcable e inmortal del cine de terror que es Halloween, claro. Por eso, nunca fallo a la cita que Noel congrega en su blog todos los años por Halloween. Celebrar estas fechas con un texto purificador no tiene igual, ya que ver a niños con bolsas de caramelos y artículos terroríficos proponiendo truco o trato en casas ajenas de barrios residenciales, no le incumbe a este país, como tampoco les incumbe a los americanos bailar la jota como costumbre nacional.

La 6ª edición del especial de Halloween heladero, centrado en los amoríos del voyeur más implicado, me ha dado la excusa perfecta para soltar una carga que ya llevaba un tiempo pesándome: mi declarado al Josh Hartnett de 30 Days of Night, texto que merece estar archivado aquí también:

30-days-night

Sedúceme a hachazos:

Desde los fósiles fundacionales hasta los más contemporáneos, son muchos los amores puros y platónicos con aspecto físico monstruoso o normal y corriente (es un decir) inmortalizados en el grueso del cine fantaterrorífico que consideramos nuestros, sin embargo, es cada vez más inusual que un sentimiento tan delicado, íntegro e irracional como es el afecto incondicional hacia algo emerja en el espectador a causa de alguna cosa o persona que deambule con cierta autoridad por una película de terror, una de cara a la galería, la de los grandes estudios (o los pequeños auspiciados por los grandes), por supuesto, siendo las producciones más pequeñas (y rara vez con una distribución comercial mínimamente decente y efectiva) las que destilan mayor honestidad y mejores resultados en su totalidad. No es el caso de 30 Days of Night, pequeña producción de la Ghost House Pictures de Universal, comandada por Sam Raimi y Rob Tapert, protagonizada por una recurrida estrella juvenil (Josh Hartnett) y dirigida por la arquetípica y sempiterna figura de la “joven promesa en el género” que apuesta mucho con poco (David Slade, director de la finalmente muy decepcionante y desaprovechada Hard Candy, aunque de solvente y personal resultado en los apartados narrativo y visual).

Hubiera sido más sencillo (y previsible) tomar notas de un dibujo mental nítido y exacto del Boris Karloff blanquinegro de The Mummy; contar los hondos agujeros del careto de la Barbara Steele de La maschera del demonio; decantarme antes por la Jennifer Jason Leigh de Eyes of a Stranger o The Hitcher que por la Jamie Lee Curtis de Halloween o Terror Train, o anteponer la poderosa presencia y las sadianas acciones del Tom Cruise de Interview with the Vampire: The Vampire Chronicles a la pataleta gótica y la ética de bolsilibro, uno, claro, firmado por la plomiza Anne Rice en forma de best-seller, pero ya llevo tiempo queriendo resaltar los logros de la mejor y más sexy caracterización de un héroe de impoluta virilidad del cine de terror actual, el Sherif Eben Oleson, el excelente Josh Hartnett de 30 Days of Night, con su casi erótico, fiero y primitivo empleo del hacha, su valiente inmunidad al riesgo, su impasibilidad sentimental y su ética de guerrero tribal y llanero solitario místico, capaz de infundir un poético poso nihilista a una básica y honesta yuxtaposición vampírica rebosante de mala idea. Un hombre definido de manera directa y abierto, pues, a los estados febriles y amatorios que puede despertar en espectadores como el que esto escribe.

La película, que desborda un para nada casual bondad de pura Serie B, o sea, patente tanto en fondo como en forma, sabe equilibrar su brutal agresividad formal con un sólido clasicismo sin subterfugios irónicos que narrativamente recuerda a las mejores ocurrencias de un Stephen King sin beatería, superando, en líneas generales, y con enorme facilidad, al cómic homónimo del que procede, 30 Days of Night, guionizado por Steve Niles, coguionista en la película (por suerte, con arreglos concluyentes y definitorios de Brian Nelson y Stuart Betti), y dibujado por el sosainas de Ben Templesmith, francamente, un cómic rayano en lo patético, casi, casi un truño en todos sus aspectos, cuyo único punto favorable, su estupenda premisa, es sabiamente reinterpretado en la película (los 30 días seguidos de oscuridad del título planteados sobre inteligentes elipsis que la crítica y el público inertes no saben ver, como demuestra lo terriblemente infravalorada que está la película, aunque el tiempo y los aficionados al cine de terror más despiertos ya la están convirtiendo en ineludible título de culto).

Y ya ni mencionemos la amplísima diferencia, diría que hasta antagónica, que hay entre el Eben Oleson del cómic y el de la película. El primero manda a cagar la integridad viril y la humanidad del segundo a golpe de cursiladas baratas y convencionalismo pegoteado, y, por supuesto, dónde va a parar cualquier comparación con un Josh Hartnett de barba desgarbada con colgajos de hielo que blande un hacha para organizar con él una salvaje y casi ritual reyerta de brutales decapitaciones y desangramientos. Lo cojonudamente bien trabado que está este personaje a las magnificencias formales e hiperrealistas del suspense y del gradual y clásico desarrollo argumental de la película, es un hecho único en el cine de terror de los últimos años, sobre todo en el de vampiros. Con muchísima más violencia, sangre, terror, acción y vampiros feos con pinta de yuppie trastornado que en el cómic y una voluntariosa necesidad de respetar las consignas del gore y el terror duro a la vieja usanza por parte de un David Slade asombroso de veras, toda la parte final de 30 Days of Night demuestra un azaroso dominio de la contención, que no peligra la honorable condición de modesta película de terror que estamos degustando y, además, consigue arrastrarnos hasta una coda que no teme a una muda y simple poética del vampirismo y el heroísmo que deja en ridículo a la de Blade II, prácticamente idéntica, aunque con los roles invertidos.

Apego este mío por un hombre devuelto a sus orígenes primitivos de supervivencia y nobleza más que justificado.

Millones de espermas nadando en un mar de sangre

Como recientemente comentaba, el especial 20 aniversario del 2000maníacos se ha mojado como nunca. En él, los maníacos (algunos vueltos de la tumba, añado) hemos abierto el baúl de los recuerdos y con él, nuestro podrido y pervertido corazoncito. Este no es otro especial de la Semana de Terror de Donosti, ni aquél que celebró en dos nº’s el 15 aniversario del fanzine, es El Especial, y así ha de ser antes del fatal destino del maníaco dentro de una o dos décadas más por las vías habituales: sobredosis, alcoholismo, cáncer de pulmón, follando en una postura imposible o al estilo David Carradine. Mañana mismito se presenta en la Semana de Terror de Donosti. Una alegría en tiempos oscuros.

Ojazo a la portada. Hermosa. Deliciosa. Y enorme, desde luego. Currele antológico de Álex.

Involución. Versículo 1º: humillación

Nadie quería acordarse ya de cuando en la dictadura franquista directores de cine españoles de culo inquieto como Jesús Franco o Jacinto Molina se veían forzados a emigrar a países europeos más tolerantes como Francia o Alemania para producir y estrenar películas sin ningún tipo de traba que los reprimiera e impotenciara artística, económica y anímicamente. Con la transición, España era un país que suprimió el maquiavélico concepto de censura de los márgenes de la industria cinematográfica. Por fin un país comprendía que los entresijos políticos no se corresponden con ninguna expresión cultural y artística, al menos, hasta hoy.

Vemos más o menos bien la calificación por edades siendo un designio natural válido en las películas, pero la X es la letra enemiga del cine convencional y patrimonio exclusivo del cine pornográfico, establecido éste comercialmente a las normas de esta clasificación. Con ella, el cine convencional queda relegado a una tasa restrictiva que peligra el sector de la industria y sus trabajadores, disminuyendo radicalmente la publicidad y el acceso público en salas de las películas. Y que ahora, a las puertas del 2010, un país como España, precisamente, decida colgarle una precipitada X a la quinta secuela de un éxito comercial descarado del cine de terror entendido como rentable, jocosa y sana festividad sangrienta como Saw, resulta grotesco. El motivo, claro, es de un sometimiento involutivo que espanta. Que el Ministerio de Incultura considere a una película “apología de la violencia”, no me extraña. El nivel intelectual de un político, sobre todo si se es progre pero facha y con un buen colocón de poder, es generalmente exiguo o sencillamente nulo en este plano de existencia.  Lo que sí me extraña es que tome cartas en el asunto y prohíba una película debido a su carácter violento… por primera vez en la historia de este país tras las transición.

Sabía que el Ministerio de Incultura agrupaba a un séquito de palurdos trajeados que salen a la calle a meter morros de botella por el culo a las putas sin el consenso de éstas, pero no que fueran tan retardados, tan atrevidos, tan ignorantes y timoratos. Tamaña decisión censora y asquerosamente sociata, neoconservadora, impresentable y pavorosa, tiene una explicación. Leeos esto y luego volved conmigo:

El Gobierno aprueba la nueva Ley Audiovisual

Si atendemos a los apartados Protección de Menores y Multas por fomentar el odio de ese texto, veremos claramente el condicionamiento del resto complementario, que, a priori, debería ser beneficioso para la industria cinematográfica española y la programación en TV. Pero no se puede vestir al mono de seda con peor gusto. Entendemos que el criterio que sigue el Ministerio de Incultura para divisar el amplio espectro cultural que pretende regular es tan obsoleto, retrógrado, fascista, hostil y estúpido que no es tal. Vemos a los gobernantes tan imbuidos por un “cambio positivo” en la educación de nuestros hijos que no nos queda más que temblar, conocida de sobra es la brutal ineptitud del gobierno en asuntos de educación y cultura. Incapaces estos cretinos de solucionar auténticos problemas que les atañen realmente, interpretan del revés una de las bases más importantes en la educación de cualquier ser vivo, tenga la edad que tenga: tolerancia y libertad total en las artes, un mundo que no tiene más influencia que la de penetrar en el subconsciente (o salir rápidamente de él una vez dentro) de un modo responsable, selectivo, libre y siempre controlado con respecto a los que lo habitamos, siendo su hipotética mala influencia su uso político y represor de abuso de poder indiscriminado, pero tal cosa es imposible por irreversible. La cultura no prohíbe ni daña, sino que alecciona, muestra, nos vuelve más sabios y los que es más, le da sentido a la vida en particular y al mundo en general. De eso no cabe ninguna duda. Ella es siempre, siempre la víctima del borrego imperialista, depravado, incapaz, cobarde y confundido. ¿Cómo iba a ser posible, si no, poner el cine violento convencional en el mismo saco que el del porno?

Recuerdo, no para bien, las innumerables declaraciones de cineastas que han tenido problemas con la censura a lo largo de su carrera hace mil. España era ajena a la lacra censora del  temible Código Hays o a la de en sus tiempos inquisitiva MPAA. Ahora, parece, le toman la iniciativa. Viendo el percal, el caso de Saw VI no parece uno aislado, un error que el Ministerio de Incultura rectificará en un futuro inmediato. Si hasta casi como parece una infame excusa xenófoba (muy propia de este gobierno de mentecatos sociatas) para frenar un éxito de taquilla seguro venido de  Estados Unidos. Así pues, cualquier película que muestre un rudo componente de violencia explícita con intención de que éste sea la estrella (estamos hablando de uno de los espectáculos ya muy bien asimilados por el espectador mínimamente inteligente, el gore o la violencia salvaje -no necesariamente gratuita, aunque también- utilizados como sano ejercicio catártico, en su modalidad malrrollera, dramática, hiperrealista o divertida. Una arte, la de la violencia y el gore, privilegiada formal, ética y estéticamente, al fin y al cabo, de consumo absolutamente lícito, sano y purificador, sea compulsivo o moderado. El consumidor elige sus dosis de ficción sin riesgos de parte del producto consumido), será capada con una X.

Como veis, mi defensa del cine violento excluye la disputa a la aburrida, primitiva y necia idea de que las artes y la cultura constituyen un peligro social y moral, principalmente porque estoy hasta los cojones de repetirme a ese respecto. Me pregunto cómo nadie en su sano juicio puede reconocerse hoy en tan estrafalaria y contradictoria idea, y me respondo que el sano juicio en quien así lo reconoce brilla por su ausencia. La lógica de ese obtuso razonamiento da el fruto podrido en un resultado que obtiene el efecto contrario al que dicho razonamiento pretende combatir. Es de cajón.

Hay mucho de lo que indignarse, pero nada de lo que sorprenderse: la responsabilidad política, con sus leyes de postín y su falsa o tramposa democracia, es el mal que corrompe y destruye todo, y vivimos tiempos de peste socialista, de izquierda necia y acojonada.Y que Saw VI acabe siendo un truño o tan floja o prescindible como las dos anteriores entregas de la saga, es lo de menos.

Los distribuidores de la película, Buenavista, están como nosotros, que no se lo creen, negándose a estrenar la película en España si la letra X no desaparece de su clasificación. Mientras tanto, España hace el ridículo a un nivel de petardismo inusual, frente a países, en principio, más restrictivos como Estados Unidos o Reino Unido, que han recibido la película como cualquier otra que reúne parejas características, con la clásica ‘R’ (no recomendada a menores, o bueno, prohibida a menores sin la compañía de un adulto) y lista para ser vista en todas las salas comerciales.

No nos hace ninguna falta ver el menor indicio de cómo se las gasta Saw VI en lo visual y explícito de su violencia (parece que gran parte diluida en el torrente de imágenes fugaces y abigarradas, como es habitual en la saga, encima)  para que su clasificación X en España nos parezca tan ingenua y terca como peligrosa en el futuro (se ven a atiborrar a colgar X los muy mierdas, pero tengo la corazonada de que les va a salir el tiro por la culata, como debe ser), pero ahí van un par de clips oficiales de la película:

Clip 1: Dead trap

Clip 2: Red band

Anda, pasaos por aquí y echaos una firmita, que no perdéis nada. Al contrario.

Mis 100 terrores favoritos del 2000

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A comienzos de esta década, y con sólo unos pocos antecedentes como ejemplo, sabía que no iba a ser para nada difícil dejar a los 90 a la altura del betún, y así de estéril voy a dejar este insignificante dato (o burda comparativa) frente al gratísimo alivio que supone ver al cine de terror del 2000 proliferándose de un modo similar al de los 80 (y recuperando, a veces, la sofisticación, la sutileza e incluso la sordidez visual y moral del de los 70), incentivando todas y cada una de sus diferentes vertientes y pulsiones (como era de esperar, con predominio de slashers, survivals, torture porn’s morbosos, zombis, mutantes y una clara inclinación hacia la paranoia medioambiental y científica traducida en infecciones perniciosas y virulentas), logrando éxitos de distinto nivel en su modalidad mainstream y haciendo estragos a escala festivalera y doméstica, donde el género acapara, indistinta y significativamente, lo peor y lo mejor, pues son más las oscuras casas independientes, que no cuentan con el apoyo de una major, que han distribuido o producido algunas de las más baratas, sorprendentes, aventajadas y originales propuestas cimentadas en los seguros y edificantes albores del escalofrío, la violencia tribal y los chorretones de sangre.

Terror retroactivo con profusión y confusión de nombres propios, ambiguos retornos de viejas glorias (más o menos) rejuvenecidas o sólo oliendo a franquicia, mecenas oportunistas listos para codificar y, por supuesto, al otro lado, los acérrimos, detractores y submentales de rigor divididos en el palco. Terror en alza, qué duda cabe, con sus falsos geniecillos que pondera el ignorante o el ingenuamente convencido (Alexandre Aja, Pascal Laugier) o monstruos incipientes de primer orden, por suerte, más numerosos (Rob Zombie, Neill Marshall, Christopher Smith, Glen Morgan, Lucke McKee, Chris Sivertson, Ryan Nicholson, Mike Mendez, Andrew van den Houten, Jonathan Liebesman, David Gregory -uno de los documentalistas especialistas en cine de terror más cultos y atentos de Estados Unidos, que acaba de debutar en el largometraje con un insólito aguafuerte, delirante y sobrenatural, deudor de la escuela del mejor y más singular cine fantaterrorífico italiano, Plague Town-, los ingleses Simon Boyes y Adam Mason (los de The Devil’s Chair y Broken), los franceses Xavier Gens –que dio en el clavo con su primera película, la demencial Frontière(s), y ayudando a financiar la portentosa La horde-, Alexandre Bustillo y Julien Maury -responsables éstos dos últimos de la ya modélica À l’intérieur, imposible es su concepción de drama desbocado, clasicismo rugoso, surrealismo demente y poesía gore-; Eli Roth -y su peor película es Hostel-, Tom Six -futuro artífice de una de las trilogías más grotescas y demoledoras del terror más chungo, que ya cuenta con un pistoletazo de salida casi inmejorable:  The Human Centipede (First Sequence)-, Greg McLean o el renacido Victor Salva, entre otros que me dejo).

SI conseguimos olvidar por un momento que el origen del siglo XXI lo está marcando, en parte, el escaso rigor generacional de algunos (no demasiados) productos excesivamente retrógrados dirigidos al gran público, dominados por una banalidad moral puritana alarmante (y cuando no, por una nostalgia fácil y arbitraria, puramente mercantil, como es el caso del abuso de remakes norteamericanos completa y directamente inocuos y vergonzosos estilo The Omen, The Fog y The Last House on the Left), que no se corresponden ni con este siglo ni con el anterior, oremos, deshagámonos en plegarias para que en la próxima década podamos hacer una recolecta de frutos tan cuantiosa y significativa como la cultivada hasta ahora.

Todavía nos quedan más de dos meses para despedirnos del 2000 y seguro que hay otras tantas raciones de terror a la sazón con un montón de zarpas sacándolas ya del horno, pero de momento, aquí la lista de algunas de mis películas de terror e higadillos favoritas del 2000. No puedo entender a los que sólo escogen cinco o diez, encima, de entre las producidas por grandes estudios y con tirada comercial basada en la pancarta y el fariseísmo, fachada viable hasta en la parada de bus más cercana a tu casa. Pero a estos les puedo excusar en cuatro puntos, 1) no han visto nada, 2) les falta el olfato del incondicional, 3) son tontos del puto culo y 4) poco aprecio le tienen a uno de los géneros más vitalicios, necesarios, sensoriales, inagotables e imaginativos que existen, porque la pereza ni es excusa ni es nada.

La selección es tan rigurosa y minuciosa como parece y su confección se fundamenta, principalmente, en toneladas de fervor y respeto hacia el capital elemento común que une a las partes que la componen:

  1. Offspring
  2. Broken
  3. See No Evil
  4. My Little Eye
  5. Simon Says
  6. Rest Stop
  7. Live Feed
  8. Gutterballs
  9. Cabin Fever
  10. Dead Creatures
  11. Venus Drowning
  12. The Ungodly
  13. Hostel: Part II
  14. Frontière(s)
  15. À l’intérieur
  16. House of 1000 Corpses
  17. The Devil’s Rejects
  18. Halloween
  19. Five Across the Eyes
  20. Jeepers Creepers
  21. Jeepers Creepers II
  22. Dance of the Dead
  23. Imprint
  24. Haeckel’s Tale
  25. Incident on and Off a Mountain Road
  26. Plague Town
  27. Babysitter Wanted
  28. Autopsy
  29. Seed of Chucky
  30. Severed
  31. Freddy vs. Jason
  32. Feast
  33. The Mad
  34. Severance
  35. Black Sheep
  36. Shaun of the Dead
  37. The Descent
  38. Wolf Creek
  39. Evil Aliens
  40. Dead End
  41. Bad Biology
  42. Trailer Park of Terror
  43. Dying Breed
  44. Perkins’ 14
  45. Hatchet
  46. Behind the Mask: The Rise of Leslie Vernon
  47. Black Christmas
  48. Laid to Rest
  49. Final Destination
  50. Final Destination 2
  51. Final Destination 3
  52. I Know Who Killed Me
  53. Diary of the Dead
  54. La horde
  55. Shuttle
  56. Ginger Snaps
  57. Book of Shadows: Blair Witch 2
  58. Blade II
  59. 28 Weeks Later
  60. Sheitan
  61. 30 Days of Night
  62. The Devil’s Chair
  63. Murder-Set-Pieces
  64. Cloverfield
  65. Wrong Turn 2: Dead End
  66. Saw II
  67. Storm Warning
  68. Stuck
  69. The Texas Chainsaw Massacre: The Beginning
  70. Feed
  71. Man-Thing
  72. Dance of the Dead
  73. Ils
  74. Planet Terror
  75. Resident Evil: Extinction
  76. Heartstopper
  77. Sam gang yi
  78. Bug
  79. Slither
  80. The Gravedancers
  81. My Bloody Valentine
  82. Frailty
  83. Splinter
  84. May
  85. The Girl Next Door
  86. The Human Centipede (First Sequence)
  87. Rohtenburg
  88. The Hills Have Eyes II
  89. S&Man
  90. The Burrowers
  91. The Ruins
  92. Otto; or, Up with Dead People
  93. Scream 3
  94. Session 9
  95. Wendigo
  96. Trick ‘r Treat
  97. The Signal
  98. Deadgirl
  99. The Children
  100. Mum & Dad