
El principal equívoco que hay en la incierta comparación entre John Hughes y Judd Apatow es la explícita oposición de la dinamitación de los resortes familiares convencionales y neoconservadores del primero y la dinamización de éstos del segundo. Si Apatow traza su magnífico sentido del humor y la socarronería fina para acabar concluyendo con un otoñal y conservador canto al enderezamiento mal entendido y al aturdimiento más moralizante (The 40 Year Old Virgin, pero de un modo mucho más descarado, Knocked Up, ambas películas excelentes por muchas razones, sobre todo por su inteligente linealidad de humor chispeante y golferío comercial, y, a mi juicio, fallidas y mal enfocadas por una sola, sus redentores y previsibles finales), Hughes hace lo propio pero invirtiendo el significado de esas conclusiones: se carga el sentido emocional y romántico que el capital y los hipócritas valores morales de una sociedad de latente codicia financiera al respecto imponen estúpida y forzosamente, enraizando así su credo romántico con la literatura inglesa del siglo XIX y manteniendo una moral personal e independiente. Otro equívoco brutal en la comparación entre estos dos cineastas de impronta, es que uno habla de adolescentes, consciente de hasta donde puede o no llegar, y el otro de treintañeros o cuarentones, ya otro rollo, demasiado complejo como para reducirlo, a fin de cuentas, a chorradas de tipo moralista-social-conservador, a lo moñas, vamos.
“La industria ha sustituido a la nobleza”, sentenciaría un pijillo calzonazos y acomodaticio con dudas de su posición moral y social que se está quitando de su condición como tal como un yonqui haría con el jaco en la excelente e incomprendida (y van…) Pretty in Pink, de la que críticos como Carlos Aguilar reconocerían que fue “chocante para el cine americano de entonces”. Pretty in Pink, además de darme la razón en desarmar de sentido esas vanas comparaciones entre Hughes y Apatow, no es, como aparenta, el reverso franco de la también deliciosa y posterior Some Kind of Wonderful, ambas películas escritas y producidas por Hughes y dirigidas por el muy apañadito Howard Deutch, porque tanto una como otra son igualmente francas (y distintas, y atrevidas, y personales, y muy agudas), sino un melodrama de entorno estudiantil y poco comercial sobre la lucha de clases y sobre cómo emprender los tópicos y los estereotipos para luego triturarlos. ¿Que acusan simpleza argumental y banal sensiblería? Lo primero es por ley, queda justificado por la necesidad del discurso, pero lo segundo es una perogrullada que denota imbecilidad y falta de miras por parte del espectador que así lo pregona. Quienes ven en Pretty in Pink y Some Kind of Wonderful insulsos y pueriles derivados de los mismos significados fáciles e historias adolescentes inofensivas de siempre, no tienen ni puta idea de lo que están hablando. Ni puta idea, en serio.
En Pretty in Pink, que deja a la mongólica Pretty Woman como un cagarro mayor del que ya es por sí solo, la protagonista, la coqueta y estupenda Molly Ringwald, repitiendo con Hughes tras Sixteen Candles y The Breakfast Club, se plantea el absurdo y entristecedor panorama del prejuicio social a escala general, a la vez que no soporta ser victima y verdugo activos en ese mundo competitivo e irracional de miradas por encima del hombro. Le queda contarse estupideces con el chico rico y bien posicionado al que ha echado el ojo en la tienda de discos en la que trabaja: adoptar una postura casi idiota (véase la conversación que tiene con dicho chico sobre lo duro y contestario de cierto músico y las recomendaciones de Tina Turner y Madonna, o ese falso y sonriente “¿tarjeta Visa? ¿American Express, quizá?” que le suelta al pijoteras mientras le está cobrando un disco). Pero hay otro chico, su amigo de toda la vida, sí, pero… ¿qué es lo que al final sucede? Si el personaje de Ringwald vuelve con el pijillo calzonazos es porque éste, a la manera de los grandes personajes románticos de la literatura inglesa del siglo XIX, como antes comentábamos, se sincera de un modo aleccionador, exterioriza toda la mierda que ha estado soportando de sí mismo, su familia rica, sus amigos, sin miedo al ridículo y declarando admiración incondicional hacia aquellos que sí creen en el individualismo como un modo sensato de afrontar las cosas, independientemente del dinero y la popularidad. Sencillo, ¿no? Pues no. Hughes hurga en la herida, la rasga hasta sangrarla del todo, con tino y limitaciones, pero sin hipocresías.
“Me siento horrible por lo que he estado haciendo. Odio sentirme avergonzada. Odio mis orígenes. Odio ver cómo mis amigas reciben todo lo que desean. Me dejé vencer por ese odio y me rebelé contra todo lo que creía. No tenía por qué hacerlo. Tú tampoco”.
La naturaleza reflexiva y elemental de este diálogo de Lea Thompson en Some Kind of Wonderful es una constante en Hughes, una de sus más reconocibles marcas, y es parte crucial del desarrollo, revelaciones y desenlaces de los guiones del director de Weird Science, sobre todo del de Pretty in Pink, más abierto, aguerrido y desvergonzadamente (en el buen sentido, en el mejor) sentimental. Si en ésta última la personalidad de Hughes se reconocía en el amigo de la infancia enamorado de la protagonista, en Some Kind… se reconoce, no en el personaje desprejuiciado e independiente de Eric Stoltz (muy bello y comedido, por cierto), sino en el de la chica de barrio maciza que se avergüenza de su condición y se junta con los hijos de papa y niños bien varios de instituto (Lea Thompson). La falta de afecto y fe en sí misma la inclina a esta tendencia autodestructiva, lo que delata el tinte autobiográfico de Hughes en este rol (Hughes fue una oveja descarriada y no lo tuvo tan fácil como otros en la adolescencia) Por lo tanto, el estereotipo de niñata estúpida lo definió Hughes como nunca antes nadie se atrevió a hacerlo, despojándolo de su simpleza ideológica y de su supuesta estupidez (si es o ha sido gilipollas para luego dejar de serlo hasta sentirse atraída por el clásico inadaptado, que no nerd, o geek, o esas gilipolleces que algunos ignorantes utilizan para acuñar gratuitamente en cualquiera que rechace o no case con la mayoría somnolienta y sometida, existe un motivo ajeno a la medianía).
Al igual que en Pretty in Pink, Some Kind… afina su puntería en la diana de la clase alta garrula y reprimida, siendo cruel con lo que considera un aspecto nefasto en la vida, las familias bien asentadas en la sociedad obsesionadas con el rango altivo y el rechazo hacia lo que ellas llaman inferiores, pero Hughes no juzga a la ligera, ni sus maneras son de jipi troglodita. Junta a punks, skinheads (ojo a ese Elias Koteas de chaval) y negracos con pintas de gangsta con otros inadaptados, el chico enamorado de la chica bien, que en el fondo no lo es, ésta y la inevitable amiga de la infancia enamorada del chico inadaptado (una, como siempre, muy apetecible y bella Mary Stuart Matherson, capaz de competir con la también muy apetecible y bella Lea Thompson aun interpretando un rol casi opuesto al de ésta, por lo poco femenino que resulta, digo), defendiéndolos sin pudor y compartiendo sus puntos de vista (lectura de fondo, se entiende). Algo que Hughes ya trazó aún mejor, en mi opinión, en Pretty in Pink, y que más adelante cargaría en matices en las más elogiadas y exitosas (aunque menospreciadas por idiotas -lo siento, pero no me caen bien los detractores de Hughes. Sus razones son demasiado ingenuas y frías-) The Breakfast Club y Ferris Bueller’s Day Off, brillantemente dirigidas por él.
Que un personaje decida valerse por sí mismo (el de Lea Thompson), y por esa misma razón, renuncié a una posible buena relación con una persona que ha estado empezando a corresponderle, no es ningún tópico, y es por eso que el desenlace de Some Kind… es tan jodidamente romántico y emocionante, y eso que ya sabíamos, más o menos, cómo sería. Como en Pretty in Pink, tenemos amores y desamores por partida doble en el desenlace, pero esta vez, con los roles invertidos. Más original. John Hughes está muy por encima de todas las memeces que se han dicho y dicen sobre él, acusándolo de cursi y superficial, unas veces, y de pretencioso, otras, palabras todas ellas contrariadas por un recuerdo borroso de sus películas o una visión francamente estúpida, mentecata y cretina de éstas, sobre todo de estas dos maravillosas Pretty in Pink y Some Kind of Wonderful.
Momento antológico de Pretty in Pink. Un Jon Cryer debatiéndole el trono al mejor bailarín con tupé a John Travolta. Un momento antológico, en serio. Cryer se luce, pero su director, Howard Deutch, también:
Y el videoclip del magnífico tema Pretty in Pink de los The Psychedelic Furs:
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[...] imprescindible para el correcto entendimiento de su obra. Sergio abría precisamente el homenaje deteniéndose en ‘Pretty In Pink’ y ‘Some Kinda Wonderful’, artículo que separa el grano de la paja y le propina una buena colleja a esos que siempre [...]