A Hughes: The Breakfast Club y Reach the Rock

the-breakfast-club

Por Mario Vírico

El que John Hugues firmara muchos de los guiones de su segunda etapa -aquella que empezó a dibujarse tras la incomprendida y punzante ‘She´s Having a Baby’- como Edmond Dantès, podría entenderse como mensaje de socorro y declaración de intenciones. Resulta significativo que atendiera sus días como mercenario del cine familiar bajo la identidad de un hombre injustamente encarcelado. Pese a lo aparente, Hughes siguió dejando mensajes a lo largo de su presidio, por lo que sería injusto recurrir a esa distinción gratuita que se ha hecho entre sus facetas como director, guionista y productor. Por encima de todo siempre prevaleció el dramaturgo, uno que tendía puentes entre sus personajes y su público sin excesiva necesidad de recurrir a coyunturas obvias o gimmicks de saldo. Claro que lo más fácil es pensar que el discurso que recorre ‘The Breakfast Club’ se alimenta de esos combustibles, cuando es un film tremendamente valiente, que no teme empantanarse en los cenagales de la adolescencia y, lo más importante, que preserva casi intacta su vigencia. Y es que lo de Hughes fue siempre de un fondo conscientemente clásico, desconfíen de quien proponga lo contrario.

‘The Breakfast Club’ es muy clara a ese respecto, desde sus convenientemente estereotipados protagonistas a su amenazante villano. Otro cuento de prisioneros, aquí cinco adolescentes privados del permiso de fin de semana, lo más parecido a la libertad que uno conoce en esa época. Un planteamiento en apariencia inocuo que no tarda en desplegar el conflicto y lo emplea en sentenciar antes que en divagar. Respeta trámites inevitables en el desarrollo de los personajes, alterna con precaución los escasos escenarios que la componen, manteniéndose formalmente fiel al clasicismo. La revolución no está en la jerga juvenil o los chistes vejatorios que van lanzándose los protagonistas –esos son complementos característicos- sino en cómo Hughes dinamiza un relato que parte de lo estático y lo utiliza para conciliar a través de la rebeldía, actitud que alienta Paul Gleason como el director Vernon, el carcelero cabrón. Todavía hay quien la contempla como una obra conservadora y víctima de su tiempo, pero lo cierto es que su conclusión, de no apoyarse en el Don´t You (Forget About Me) de Simple Minds, revelaría el fondo amargo que la sostiene. ‘The Breakfast Club’ señala precisamente los orígenes del mal adolescente apuntando al conservadurismo y las deficiencias del sistema educativo, consigna claramente dirigida al reaganismo del 84 pero que exige ser considerada al margen de ello. Hughes probaba con ella algo muy básico pero pocas veces contemplado,  que para disfrutar de esa vigencia que concede lo atemporal, el discurso debe escribirse en caracteres clásicos.

reach_the_rock

Para aquellos que no escucharon, Hughes produjo en 1998 un libreto donde persisitían las figuras del reo y el carcelero y se aportaba una versión completamente arisca del festivo Ferris Bueller. La estructura era prácticamente la misma de ‘The Breakfast Club’, la perspectiva elegida era también muy parecida, pero el tono y la actitud del protagonista remitían exclusivamente  al  John Bender que interpretara Judd Nelson. El giro aquí está en que no sabemos nada de Robin (Alessandro Nivola), ni de la relación que –así va quedando apuntado- guarda con el policía Quinn (William Sadler). El espectador vagante afirmará que se trata de la misma historia de 1984, pero lo cierto es que ni ésta ni aquélla le debían demasiado a su época más allá de la apariencia estética y el soporte musical. ‘Reach the Rock’ –titulada aquí desafortunadamente, por varios motivos,  como ‘La Sombra de la Culpa’- no esconde ninguno de los abundantes paralelismos que la casan con la obra previa de Hughes, sino que los evidencia y los potencia a lo largo de un metraje asfixiante que no parece dirigirse a ninguna parte. Es una continuación integral del duelo que Bender y Vernon mantenían aquel sábado de castigo en los pasillos del colegio, sólo que llevado al espacio límite de un calabozo. No hay mucho más en realidad, sólo una confrontación que roza lo insoportable. Robin agudiza la rebeldía de Bender, Quinn está más cansado que Vernon.

Hughes vuelve de nuevo a abrirle grietas espaciales a los personajes, permitiéndoles escaparse para ampliar el escenario. Repite muchas de las estrategias de ‘The Breakfast Club’, y sólo cabe pensar que lo hace desde la consciencia. Porque ‘Reach the Rock’, vista llanamente, no aporta absolutamente nada. Sin embargo, ordenada dentro de la obra de Hughes, tiene muchísimo sentido: es la coda que cierra la pentalogía de Shermer. El final de ésta es otro guiño al pasado, concretamente al gesto con el que Bender abandona el instituto, congelado acorde a esa épica inocente de los ochenta. Sólo existe una diferencia, menos pequeña y más significativa de lo que cabe pensar, y que viene del conflicto que arrastra Robin, quien no es prisionero por castigo sino por elección propia. Pero sí, finalmente la juventud se salva. Quizás es ese optimismo razonado de Hughes lo más bello de su cinematografía, una profundamente coherente por lo que sobre sí misma tiene de consciente.

Nota del autor del blog: como complemento y para una visión más completa, recomiendo este otro post sobre Reach the Rock del año pasado, también obra del autor del presente post.

Deja un comentario