A Hughes: digestión del desayuno

Simpático bordado a cargo de la fotologera Rubykhan.

La cacareada vigencia de las obras de Hughes, o sea, la desnudada personalidad de éste, no se limita a su circular y reincidente dictamen de los problemas y preocupaciones de unos adolescentes desasistidos, ni siquiera a su firme convencimiento del individualismo que se enuncia tajantemente a sí mismo y alecciona década tras década, generación tras generación. Hablamos de una ética revolucionaria implícita en el brat pack norteamericano (término que Hughes repele por lo que tiene de incierto y confuso su origen, uso y significado) que prevalece y persevera en maravillas como The Breakfast Club, su máximo representante en la bulliciosa América de Ronald Reagan. Una de las lecturas más bellas de este clásico imperecedero es su enjundia moral, su astucia y teatralidad compacta donde vemos desintegrarse el canon coyuntural (que no es otro que el universal, patente en cualquier época dentro de cualquier régimen gobernante) a través de la pubertad y sus divergentes efectos colaterales. De esta reveladora forma, el “cachas cabrón” puede follar con “la excéntrica”, ”el criminal” con “la princesa” y “el cerebro”, ser amigo de todos ellos. Hughes andaba siempre preocupado en definir a todas sus criaturas con punto de vista y aplomo, no desmereciendo, a veces, de la más consciente y necesaria caricatura, y no cubría de gloria y flores los distintos niveles de gravedad de las miserias adolescentes; los dejaba tal cual, siguiendo su curso, aunque dotándolos de cierta esperanza en según qué aspectos (campo abierto para la comprensión, un bien entendido psicoanálisis de grado a grado y cualquier pretexto válido para la desinhibición).

The Breakfast Club continúa siendo el cúbito más prominente e intertextual de la filmografía de Hughes, aunque más tarde ésta también manejara los aspectos de la vida adulta con fina ironía en comedias melodramáticas tan notables e infravaloradas como Planes, Trains & Automobiles, (la muy desconcertante) Uncle Buck y Curly Sue, o en la ya muy, muy personal She’s Having a Baby (claro referente directo de la futura Knocked Up, de Judd Apattow) todas ellas con las consignas de su autor intactas, aunque con nuevos valores añadidos, para bien o para mal. Es algo más que admirable contemplar y, sobre todo, sentir cómo los personajes de The Breakfast Club empiezan a follarse los sentimientos de un modo pornográfico a los primeros cinco minutos de metraje. Ver a los personajes de Judd Nelson y Molly Ringwald tonteándose disimuladamente con miradas, que Hughes atiende mientras el resto conversa, con solo cruzar unas cuantas palabras, encima, despectivas, resulta muy esclarecedor: deja ver hacia dónde apuntan las intenciones de Hughes, aparte de explicitar en el bello desenlace lo que vendría a corroborar con pruebas de constante inflexión y sin nada de ingenuidad esta cita del tema musical Changes de David Bowie con que abre la película:

“And these children that you spit on

As they try to change their worlds

Are immune to your consultations

They’re quite aware of what they’re going through…”

Veamos. El romance que surge entre “el criminal” y “la princesa” o entre el “cachas cabrón” y “la excéntrica” no es sólo consecuente del encierro del quinteto (el “cerebro” no moja, ya, pero Hughes debió de pensar que este estereotipo ya tuvo suficiente éxito al respecto en Sixteen Candles, donde era encarnado por el mismo actor que lo encarnaba en The Breakfast Club, Anthony Michael Hall), a tenor de un enemigo común, un profesor pintado como un ogro caricaturesco, que Hughes representa como el adulto medio regido por la “buenas” costumbres gobernantes de entonces (y ahora, vamos), sino, principalmente, por la hasta entonces desconocida (para ellos) necesidad de comunicación y represalia terapéuticas. Como diría Nietzche, “atacar es una prueba de benevolencia y, en ciertos casos, de reconocimiento”. Así, estos chavales atacan a que se les desmoralice y cohíba dentro de un sistema que ha de reafirmase como tal desmoralizando y cohibiendo a diestro y siniestro. Ese rollo, sí, que nunca deja de tener sentido y ser preocupante. Como en todo el brat pack hugheniano, pero con toda la mala leche (o casi toda) depositada. No en vano, esta es la obra que yo considero más madura y redonda de Hughes (She’s Having a Baby la considero demasiado íntima y representativa de la vida personal de Hughes. Dejémosla aparte), donde, aunque lo aparente por su feroz dramatismo, no se desestima la mueca exagerada que prevalecería en Ferris Bueller’s Day Off, película sin duda más amable e irónica que la que nos ocupa, pero con varios puntos de conexión entre sí muy interesantes, los de rigor en toda obra de Hughes, en realidad. Esto es, mezclar las clases sociales más dispares para que se hagan frente e intenten comprenderse, y cómo. En Ferris Bueller’s… la puntillosa hermana del protagonista se lía con un yonqui (memorable cameo de Charlie Sheen), en divertida parodia (no por ello, menos certera) de la chica inconformista que se lía con el pijo (Pretty in Pink o las parejas contrapuestas que acaban comprendiéndose, liándose y haciéndose amigos (The Breakfast Club), en ese orden.

Sin detenernos en la prodigiosa labor de Hughes planeando tras las cámaras y en lo acojonantemente bien que éste dirige a sus actores, lo que me resulta ejemplarmente bello y poderoso de The Breakfast Club es, digámoslo así, solemne y secamente, su grandiosidad general para hacer mover seguro a su antojo un desfile de personajes de carácter muy dispar y, a la vez, semejante. Una grandiosidad que degusto en la intimidad como con las mejores fantasías, los mejores momentos frente a una pantalla. El modo en que Hughes tiene de estructurar y dar forma al maravilloso guión, detallando gestos y miradas y compartiendo los más puros y limpios sentimientos, sin contemplaciones ni ataduras, es de los que calan hondo en los amantes de un lenguaje tan rabiosamente preciso como es el cine. Los hay que se derriten lenta, suave y placenteramente con los finales de Wuthering Heights, A Farewell to Arms o Breakfast at Tiffany’s; yo lo hago con el de The Breakfast Club. Podría ver mil jodías veces, una tras otra, sin parar, a Molly Ringwald entregándole sus pendientes a Judd Nelson seguido de un corto pero pasional beso al dulce compás del You Got Me de Simple Minds. Que me acuse de marica y sensiblona hasta tu puta madre, me la suda, pero esta es una de las escenas más conmovedoras, románticas y completas que recuerdo. La ofrenda de los pendientes y el beso no implican el perdón (“el criminal” utiliza los susodichos pendientes como excusa para otro de sus impagables discursos hirientes y realistas hacia “la princesa”) o sólo la comprensión y atracción del personaje de Ringwald hacia el de Nelson, sino el más fogoso, sincero, valiente y ardiente deseo. Momento que me hace sentir no ya extasiado, sino anímica y brutalmente penetrado. Dice mucho de la capacidad de persuasión de Hughes llegar a filmar una escena tan sencilla como la eclosión emocional definitiva del relato; es indudable que lo apuntado anteriormente posee un chocante vigor. Una cumbre. ¿Y quién no recuerda la fantástica parodia que se marcarían Tobe Hooper y su troupe a costa del cartel con una película que, por razones muy distintas a las de The Breakfast Club, es otra de mis incunables de los 80? Qué años aquellos.

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