
Por PJ Tena
Los primeros minutos de Weird Science sintetizan meridianamente lo que fue la adolescencia para muchos: Gary Wallace (Anthony Michael-Hall) y Wyatt Donnelly (Ilan Mitchell-Smith) practican una suerte de escopofilia indisimulada en un gimnasio donde un grupo de chicas embutidas en apretadas mallas se contorsiona vigorosamente, mientras ellos fantasean con la idea de hacerse famosos y llevárselas a todas de calle, tomando consciencia de que lo que proponen es sólo una quimera y acabando por ser víctimas de una broma a cargo de los que sí son populares (Robert Rusler y Robert Downey Jr). Con este prólogo Hughes lo expresa bien claro: la adolescencia es un periodo lleno de fantasías condenado a ser recordado como una broma pesada. Pero entonces empieza a sonar la canción de Oingo Boingo, aparece el título escrito en neón y rayos láser y nos damos cuenta de que, en esta ocasión (y es algo que comparte con Ferris Bueller’s Day Off, de la que me ocuparé más tarde), Hughes ha optado por quedarse en ese páramo en el que sí hay cabida para la imaginación y cualquier cosa es posible. Como que con un ordenador prehistórico, un escáner y una muñeca uno pueda crear en su habitación a la mujer de sus sueños y convertirla en su sumisa esclava.
Ninguneada dentro de la filmografía como director de Hughes por los fans más serios y aburridos, la angustia adolescente de la que tanto se habla cuando se menciona al desaparecido artesano está también presente en Weird Science, aunque queda parecer oculta tras las risas, los (escasos y espaciados) efectos especiales y el tono descaradamente lúdico y liviano del conjunto. Es verdad que hay tormentas de color rojo, mutantes motorizados (ojo a Michael Berryman y Vernon Wells) y que al odioso Chet (Bill Paxton) le convierten en mierda. Literalmente. Pero, para bien o para mal, no estamos ante algo como My Science Project (que, en honor a la verdad, y a riesgo de ganarme un machetazo por parte de Sergio, prefiero a la de Hughes) donde el discurso se reducía a la anécdota fantasiosa sobre la que se apoyaba todo el argumento. Como ya ha quedado claro a lo largo de este homenaje, Hughes era un romántico clásico y sus personajes actúan en consecuencia, aunque se pongan sujetadores en la cabeza. Por eso el guionista y director aborda el personaje de Lisa (Kelly LeBrok) más como un genio que concede deseos que como un objeto de deseo en sí misma, que es lo que parece al principio. De este modo, su misión no es satisfacer a Wyatt y Gary dejando que se metan en la ducha con ella o enseñándoles a besar (aquí está lo realmente increíble de la película: lo castos que son los protagonistas), sino más bien mostrarles el camino hacia sus objetivos, los de cualquier chaval de su edad de la década de los ochenta y de todas las demás, que no son otros que la afirmación personal, la pérdida de la alienación social y la consecución del amor real. O todo lo real que puede ser con dieciséis velas. Y lo que venga detrás no importa, porque los mayores sólo pueden molar y servir para algo si son virtuales, y lo que cuenta es detener el momento en el que ataca el acné para aprender a manejarse en él y poder seguir adelante cuando toque.

Así piensa también Ferris Bueller (Matthew Broderick, cuando todavía no daba cosica y no se había emparejado con una de las mujeres más repelentes del show business), un teenager que, consciente de que la vida a su alrededor se mueve demasiado rápido y puede perderse los detalles importantes, opta por pulsar el botón del pause y encontrar ocasionales oasis dentro de un ritmo de vida que le exige ir a una velocidad a la que no es posible disfrutar de nada. No hay premisa fantástica, pero casi: a través del engaño, Ferris Bueller consigue el don de detener el tiempo y construir una realidad paralela a la que arrastra a su novia, Sloane (Mia Sara), y su mejor amigo, Cameron (Alan Ruck). En ella las horas parecen durar ciento veinte minutos, los bolsillos están llenos de dinero y se puede acabar cantando el Twist & Shout en un desfile multitudinario con baile incluido coreografiado por Kenny Ortega. Mientras, en el mundo real, el malvado jefe de estudios Ed Rooney (maravilloso, terrorífico y patético Jeffrey Jones) intenta desmontar la fantasía, destruir ese mundo ficticio que tiene las horas contadas y recordarle a los héroes que su obligación es crecer y ser responsables para convertirse en individuos de provecho de cara a un futuro que no les interesa (verbigracia, el breve pero definitivo diálogo entre Sloane y Cameron sobre la universidad).
Es fácil pensar en obras posteriores de Hughes como guionista cuando se mira Ferris Bueller’s day off: es como si en Home Alone Macaulay Culkin decidiera emprender el viaje de Baby’s Day Out mientras Joe Pesci y Daniel Stern siguen intentando infructuosamente penetrar en la mansión de los McCallister. Pero más allá del canto a la aventura cotidiana, lo verdaderamente interesante de Ferris Bueller’s day off es que plantea una confrontación frontal entre generaciones (los malos vuelven a ser los adultos y los hermanos mayores, aquí una Jennifer Grey pre-Dirty Dancing y pre-metamorfosis) en la que el villano acaba convertido poco menos que en un muerto viviente romeriano obligado a compartir asiento en un autobús escolar. Y, sobre todo, en la que el personaje más interesante de la película, el del apocado, dudoso y cobarde Cameron, acaba sufriendo una revolución interna que le ayuda a enfrentarse a unos miedos que vuelven a tomar la forma de la autoridad adulta, en este caso como figura paternal ausente.
Y es que, a pesar de las apariencias, a pesar de la música y la estética, de los hallazgos coyunturales y del factor de revalorización retroactiva, incluso en sus películas más aparentemente festivas y llanas, como es el caso de las dos que nos ocupan, el discurso que John Hughes emite sobre la adolescencia tenía más que ver con lo contestatario que con lo nostálgico. Quizá porque su adolescencia también fue una puta mierda.
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“practican una suerte de escopofilia indisimulada en un gimnasio donde un grupo de chicas embutidas en apretadas mayas…”
Pedro, sin ánimo de tocar los huevos pero… ¿Cómo se embute una chica en una cultura precolombina? ;)
Con mucha curiosidad etnográfica, Mario. Biban las fartas de hortojrafya.
Sergio, arregla mi despiste cuando puedas, porfa.
Coño, y yo que creí que te referías a que la chica se embutía realmente en una especie de movida de cultura maya. ;)
Gazapo corregido.
Gracias, Sergio.
Mario cabrón. :P
El momento “Las colinas tienen ojos” es inconmensurable
No es la única vez que Hughes se ha marcado guiños al terror. En Sixteen Candles recurre al susto y al golpe de efecto sonoro en clave de parodia del slasher, entonces en alza.