Qué haceres en Halloween

Halloween 2 (Rob Zombie, 2009)

Rara vez, prácticamente nunca, me veo disfrazado en una de esas fechas señaladas que te predisponen a ello. Aunque costumbre puramente americana, y a diferencia de los polivalentes carnavales, más nuestros, Halloween me merece el respeto y la oda por ser la única fecha medio pagana y ceremonial especializada en los espantos y la casquería, y por dar origen a ese precursor inabarcable e inmortal del cine de terror que es Halloween, claro. Por eso, nunca fallo a la cita que Noel congrega en su blog todos los años por Halloween. Celebrar estas fechas con un texto purificador no tiene igual, ya que ver a niños con bolsas de caramelos y artículos terroríficos proponiendo truco o trato en casas ajenas de barrios residenciales, no le incumbe a este país, como tampoco les incumbe a los americanos bailar la jota como costumbre nacional.

La 6ª edición del especial de Halloween heladero, centrado en los amoríos del voyeur más implicado, me ha dado la excusa perfecta para soltar una carga que ya llevaba un tiempo pesándome: mi declarado al Josh Hartnett de 30 Days of Night, texto que merece estar archivado aquí también:

30-days-night

Sedúceme a hachazos:

Desde los fósiles fundacionales hasta los más contemporáneos, son muchos los amores puros y platónicos con aspecto físico monstruoso o normal y corriente (es un decir) inmortalizados en el grueso del cine fantaterrorífico que consideramos nuestros, sin embargo, es cada vez más inusual que un sentimiento tan delicado, íntegro e irracional como es el afecto incondicional hacia algo emerja en el espectador a causa de alguna cosa o persona que deambule con cierta autoridad por una película de terror, una de cara a la galería, la de los grandes estudios (o los pequeños auspiciados por los grandes), por supuesto, siendo las producciones más pequeñas (y rara vez con una distribución comercial mínimamente decente y efectiva) las que destilan mayor honestidad y mejores resultados en su totalidad. No es el caso de 30 Days of Night, pequeña producción de la Ghost House Pictures de Universal, comandada por Sam Raimi y Rob Tapert, protagonizada por una recurrida estrella juvenil (Josh Hartnett) y dirigida por la arquetípica y sempiterna figura de la “joven promesa en el género” que apuesta mucho con poco (David Slade, director de la finalmente muy decepcionante y desaprovechada Hard Candy, aunque de solvente y personal resultado en los apartados narrativo y visual).

Hubiera sido más sencillo (y previsible) tomar notas de un dibujo mental nítido y exacto del Boris Karloff blanquinegro de The Mummy; contar los hondos agujeros del careto de la Barbara Steele de La maschera del demonio; decantarme antes por la Jennifer Jason Leigh de Eyes of a Stranger o The Hitcher que por la Jamie Lee Curtis de Halloween o Terror Train, o anteponer la poderosa presencia y las sadianas acciones del Tom Cruise de Interview with the Vampire: The Vampire Chronicles a la pataleta gótica y la ética de bolsilibro, uno, claro, firmado por la plomiza Anne Rice en forma de best-seller, pero ya llevo tiempo queriendo resaltar los logros de la mejor y más sexy caracterización de un héroe de impoluta virilidad del cine de terror actual, el Sherif Eben Oleson, el excelente Josh Hartnett de 30 Days of Night, con su casi erótico, fiero y primitivo empleo del hacha, su valiente inmunidad al riesgo, su impasibilidad sentimental y su ética de guerrero tribal y llanero solitario místico, capaz de infundir un poético poso nihilista a una básica y honesta yuxtaposición vampírica rebosante de mala idea. Un hombre definido de manera directa y abierto, pues, a los estados febriles y amatorios que puede despertar en espectadores como el que esto escribe.

La película, que desborda un para nada casual bondad de pura Serie B, o sea, patente tanto en fondo como en forma, sabe equilibrar su brutal agresividad formal con un sólido clasicismo sin subterfugios irónicos que narrativamente recuerda a las mejores ocurrencias de un Stephen King sin beatería, superando, en líneas generales, y con enorme facilidad, al cómic homónimo del que procede, 30 Days of Night, guionizado por Steve Niles, coguionista en la película (por suerte, con arreglos concluyentes y definitorios de Brian Nelson y Stuart Betti), y dibujado por el sosainas de Ben Templesmith, francamente, un cómic rayano en lo patético, casi, casi un truño en todos sus aspectos, cuyo único punto favorable, su estupenda premisa, es sabiamente reinterpretado en la película (los 30 días seguidos de oscuridad del título planteados sobre inteligentes elipsis que la crítica y el público inertes no saben ver, como demuestra lo terriblemente infravalorada que está la película, aunque el tiempo y los aficionados al cine de terror más despiertos ya la están convirtiendo en ineludible título de culto).

Y ya ni mencionemos la amplísima diferencia, diría que hasta antagónica, que hay entre el Eben Oleson del cómic y el de la película. El primero manda a cagar la integridad viril y la humanidad del segundo a golpe de cursiladas baratas y convencionalismo pegoteado, y, por supuesto, dónde va a parar cualquier comparación con un Josh Hartnett de barba desgarbada con colgajos de hielo que blande un hacha para organizar con él una salvaje y casi ritual reyerta de brutales decapitaciones y desangramientos. Lo cojonudamente bien trabado que está este personaje a las magnificencias formales e hiperrealistas del suspense y del gradual y clásico desarrollo argumental de la película, es un hecho único en el cine de terror de los últimos años, sobre todo en el de vampiros. Con muchísima más violencia, sangre, terror, acción y vampiros feos con pinta de yuppie trastornado que en el cómic y una voluntariosa necesidad de respetar las consignas del gore y el terror duro a la vieja usanza por parte de un David Slade asombroso de veras, toda la parte final de 30 Days of Night demuestra un azaroso dominio de la contención, que no peligra la honorable condición de modesta película de terror que estamos degustando y, además, consigue arrastrarnos hasta una coda que no teme a una muda y simple poética del vampirismo y el heroísmo que deja en ridículo a la de Blade II, prácticamente idéntica, aunque con los roles invertidos.

Apego este mío por un hombre devuelto a sus orígenes primitivos de supervivencia y nobleza más que justificado.

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