El aficionado con cuatro viejas Fangorias como únicos referentes en su relación con el cine de terror directo y el humor salvaje o cerrado a nuevos horizontes de metalurgia es posible que identifique Hanger con el ultragore alemán, la caspa gilipollas de la Troma o de los videoamateurs de coleguillas (no sólo de adolescentes) con vocación de reivindicar el retrasamiento mental y acabar con el mínimo de resquicio de comicidad posible, cuando la realidad la coloca en su justo lugar, en el germen de la mejor sexploitation subterránea, tiempos en los que gente como H.G. Lewis, Andy Milligan, Russ Meyer y John Waters incendiaban los gustos acomodados y transgredían las formas narrativas convencionales del cine independiente con kilómetros de mala baba, erotismo güarro y repulsivos trucos visuales servidos con sangre, semen, mierda y vómito, algo que acabaría desvirtuándose mucho tiempo después de la mano de los cafres alemanes de Olaf Ittenbach y Andreas Schnaas, máximos exponentes de la caspa sangrienta y la memez sin medida ni término medio, y a los que, lamentable e inevitablemente, han seguido infinidad de majaderos de todo el mundo, sin talento alguno en las labores más importantes pero con mucho ruido sin ton ni son que hacer (infumable moda de los 90 que ayudó a desprestigiar el gore incluso como reclamo comercial en el cine de terror de los 80, y no digamos ya como elemento de culto y pop o lenguaje artístico en sí mismo en los 70, cuando su práctica alcanzada hasta a las majors para varios de los éxitos de género terrorífico altivo de éstas, verbigracia The Omen, Jaws oThe Exorcist).
Hanger es una digna e inteligente prolongación de las anteriores locuras de su director, Live Feed y Gutterballs (lean la primera entrega de Maneras de subvertir), inferior a ésta última, la obra maestra de Nicholson, pero única y fascinante en su derroche de imaginería abyecta y repugnante puntuado por un acabado técnico impecable, haciendo de la escasez de medios, otra vez, una virtud. Mediante un ambiente pegajoso y mugriento, siempre nocturno, fiel al vertedero donde transcurre gran parte de la acción, Nicholson, con su habitual mezcolanza de puntuales flirteos con el porno, entre desagradables y erotómanos, humor grotesco y gore visceral y tremebundo, hace desfilar a una descacharrante pandilla de miserables, putas, chulos, ninfas y monstruos que incurren en los aspectos más cómicos, escatológicos, violentos, dementes y oscuros de la vida, vendetta a lo Death Wish incluida.
De poder resaltar algunos antecedentes tanto formales como espirituales de Hanger, resaltaríamos The Elephant Man, Basket Case, Freaks, Desperate Living y Street Trash, y aunque sin estar a la altura de ninguno de ellos, reúne un generoso recuento de hallazgos propios que hace olvidar un final demasiado tosco e irónico y a las antípodas de aquellos de Live Feed y Gutterballs donde la pericia y ambición de Nicholson sí logró destacar y brillar con luz propia. Esta vez los personajes son retratados de un modo completamente delirante y feísta, la mayoría de ellos, luciendo un indiscreto maquillaje que deforma sus rostros convirtiéndolos en hiperbólicas y divertidas caricaturas. Nicholson nos advierte en este aparentemente absurdo aspecto que en la fealdad física perfilada en ese reducto de podredumbre al que aspiraba para Hanger, se encuentran las razones humorísticas y decididamente provocadoras de la película. Nicholson crea así un reducido y minúsculo pero singular mundo de mutantes de extravagantes costumbres y aún más extravagantes resoluciones. Me es imposible resistirme a ese grupo de redneks andrajosos y malolientes que Nicholson define con especial mimo y picardía: el mejor quizá sea un oriental pajillero aficionado a coleccionar tampones usados (que utiliza para condimentar infusiones de té), pero ni el homosexual violador con problemas respiratorios, ni el propio Hanger (cuyo parto mediante cesaría fue intervenido con una percha por el chulo de su puta madre), tienen desperdicio.
Que el par de insignificantes guiños a la Troma (cameo de Lloyd Kaufman y una escena en la que un televisor muestra imágenes de Class of Nuke ‘Em High) no os lleven a engaño. Esta descerebrada productora jamás ha compartido la sordidez visual y moral o la calidad en el humor de Hanger, una divertidísima, delirante, fea, anárquica, cochambrosa y excelente comedia, por si fuera poco, adaptada al cómic por el propio Nicholson.
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No veo el momento de verla, Nocholson es Dios.